martes, 2 de octubre de 2012

Lejos



Qué tendrá la velocidad y el oxígeno quemado de mi Volkswagen Passat superviviente. Tu recuerdo hecho asfalto a más de 140. Sólido y tan parte de la A2 como las armónicas de Quique González de las líneas discontinuas. O la poesía de Gilles Deleuze en Nochevieja, o las hormigas en las hojas crujientes de los adolescentes de otoño.

Se me ha escurrido el año entre libros y trasbordos. Pero en mis ratos libres sigo remendando tu sonrisa bajo las farolas, tu asombro en claroscuro. Tu frente tan arrugada como aquella falda mía, entera en la cintura, mi bolso en tus manos como un paquete bomba, mi ebria naturaleza fluyendo indigna entre dos parachoques, sin resguardo femenino que valiese.

Pero ya es cierto: Madrid-Berlín, 4 de octubre. Sólo ida. En fin, te dejas hacer. Me dejas deshacerme, hecha un bestiario, en esta certeza irreversible de vivir en mitad de mí y seguir sin enterarme. Sumida como siempre en la resaca de las ilusiones absurdas.

            Por eso, por favor, entiérrame. Y vuelve pronto.



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