domingo, 16 de marzo de 2014

In sha'a Allah



Sólo sabía que se llamaba Hassan y que tenía los ojos muy oscuros. Los mismos ojos, la misma piel tostada, los mismos rizos diminutos que aquel tipo argelino que me besó enfrente del café Liberté, una tarde con el mismo sol de esta falsa primavera. Por eso cuando esos ojos se me clavaron encima vivieron en mis horas siguientes como si hubieran vuelto a bendecirme. No paré hasta terminar de volverme loca y tenerlos encima de una cerveza, con el alma chorreando de culpa. 
Supe que Hassan es de Marruecos y terminé por darme cuenta entonces de que la vida me está chivando algo al oído que estoy ignorando quizás a propósito. Hassan tiene los ojos muy oscuros pero yo el corazón en tránsito y la vida entre paréntesis, pendiente de vacaciones y de revisión profunda. No puedo aún adivinar si es el sur el que me roba el alma o soy yo la que necesito dejarme robar, ahogarme en la arena donde siempre termino por hundirme al olor de la canela, al sonido de la lengua jeroglífica que acuchilla mi serenidad.
Sólo sé que se llama Hassan y que tiene los ojos de los buenos amantes: los que alimentan el limbo de mis miedos más secretos con la ilusión de las historias imposibles.



martes, 25 de febrero de 2014

Fui feliz.



Verse en fotos con rastas, con el pelo corto, sin rímel, más gorda, dormida, borracha, fumada y ensetada paseando por un Ámsterdam naranja. Ver París por todas partes, ver fotos de mendigos en el metro. La Torre Eiffel de noche, al amanecer, desde arriba, desde abajo, del revés, entre las piernas, en la boca. Ver el Arco del Triunfo en exactas posiciones. Y Montmartre. Y la Ópera. Y el Louvre. Todas las salas del Louvre y del Orsay. El Sena y la luz que es verdad que tiene. 

Ver también la estación de Bastille, los cafés, Barbès, las trufas gigantes del Faubourg Saint-Germain. Ver el bar Liberté y las colillas de Fleur du Pays. El sabor del Fleur du Pays en la piel caramelo. Cada RER, cada calle, cada banco. Los guitarristas de las orillas del Sena. La certeza de saber que nunca volverás a ver a la rumana loca con la que lloras esa versión fácil de Stand by me. El campus cada domingo. La vida hecha píxel.

Ver el Mont-Saint-Michel sin gente. Saint-Malo en temporada baja. Los tobillos hinchados de Sara. Ver su sonrisa falsa de cada foto, arrepintiéndose de haberme seguido a la locura del invierno bretón.

Ver a Sara con el pelo corto, más gorda, dormida, fumada. Ver tazas y ceniceros en el suelo de goma gris. La mancha de pintauñas rojo de uno de tantos cigarros de dudas. Ver a Sara por todas partes. Ver a Sara llorando muchas veces. Verme a mí llorándole a Sara muchas veces. Ver a Sara con Sésar todavía. Verla por fin feliz y dejarla disfrutar. Ver las maletas de ida, las maletas de vuelta, a la negra que se ganó con la sonrisa más grande del mundo que la dejáramos copiar nuestro examen de Syntaxe espagnole.

Vernos cuando creíamos que el mundo se acababa en el aeropuerto. Vernos pequeñas, vernos lejanas, vernos olvidadas.

Escuchar la sintonía de la SNCF y sentir el frío en las manos una mañana de diciembre. Sentir en el brazo el pelo áspero del pedazo de negro con el que compartí asiento en el tren. Las rayas de su americana en mi mejilla, el olor intenso. Aquel beso sorpresa mientras me peinaba en la ventana del tren. La catedral de Köln. El puente enorme sobre el río. Un Danubio inmenso. Esa plataforma que no podías pasar cuando ensayaba la filarmónica. Ver una plaza con puestos de madera y tejaditos a dos aguas cubiertos de nieve. Oler los bretzels y el chocolate. Sentir en la boca el mejor kebab que probaré jamás.

Escuchar, volver a escuchar el sonido de llamada del Skype. Volver a escuchar el sonido de colgar del Skype.

Ver un mimo en la plaza de Lille, un barrio de casas de colores de un pueblo tan precioso que he olvidado su nombre. El paisaje templado de la estación de Orléans en la que Clément me dejó tan tirada que nos levantamos a la mañana siguiente sin que se hubiera atrevido a meterme mano. El vagón de un tren Amiens-París completamente vacío un domingo por la tarde.

Quizás es mejor ponerse la ropa y ocultar las cicatrices.

Quizás las cicatrices aún templen la piel.

Porque quizás, a pesar de todo,

fui feliz. 


Mejor siempre en boca de otros.

“La vida, como un comentario de otra cosa que no alcanzamos, y que está ahí al alcance del salto que no damos. 
La vida, un ballet sobre un tema histórico, una historia sobre un hecho vivido, un hecho vivido sobre un hecho real.  
La vida, fotografía del número, posesión en las tinieblas (¿mujer, monstruo?), la vida, proxeneta de la muerte, espléndida baraja, tarot de claves olvidadas que unas manos gotosas rebajan a un triste solitario.”

 Rayuela, de Julio Cortázar. Capítulo 104. 

lunes, 20 de enero de 2014

26

"Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos...
...y lo que llamamos amarnos fue quizá que yo estaba de pie delante de vos, con una flor amarilla en la mano, y vos sostenías dos velas verdes y el tiempo soplaba contra nuestras caras una lenta lluvia de renuncias y despedidas y tickets de metro. 
(...) No estábamos enamorados, hacíamos el amor con un virtuosismo desapegado y crítico, pero después caíamos en silencios terribles y la espuma de la cerveza se iba poniendo como estopa, se entibiaba y contraía mientras nos mirábamos y sentíamos que eso era el tiempo."

Trocitos de Rayuela, de Julio Cortázar.

Encontrarse. Aquí. Así. Ahora.