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martes, 27 de enero de 2015

Köln, jazmines podridos.


    "El tiempo como destellos brillantes, como un perpetuo pestañeo. Vivir bajo el eterno efecto de abrir los párpados y que todo haya cambiado.
     De repente he abierto los ojos y estaba aquí, en mayo, extenuada por los efectos del trepidante ritmo latino que templa la habitación de al lado. No hacía mucho que mis ojos se habían cerrado por última vez en una fría madrugada de principios de diciembre, cuando caí en la cama agotada por el alcohol y el peso de mi locura transitoria. Dormí dos horas, me levanté aún ebria. Me tomé un café sentada sobre la maleta, sintiendo el agua sucia y caliente elevando la temperatura de mi estómago arrugado. Era, probablemente, la mañana más fría que he tenido el gusto de disfrutar en París.
     No recuerdo cuántas veces escuché la sintonía hipnótica de la SNCF durante aquellas dos horas, mientras lidiaba contra el sueño en la gélida gare de Saint Lazare. Porque aquel fin de semana fue eso, un sueño, un delirio. Sigo creyendo que ese tren me llevó a un universo paralelo donde el invierno se transformó un rato en una primavera tibia y oscura. El tiempo fue una bruma sin sentido desde que sentí el olor húmedo de tu sudadera hasta que se fundió en el cristal del tren el vapor en el que me regalaste un par de palabras.
     Y llegué a aquella casa, a aquella cama infinita donde no logramos encontrarnos. Y por fin, la paz. Me envolví en la funda nórdica como el regalo de unas navidades pasadas. Sólo desperté para volver a caer en el dulce sueño de tus palabras. Nos contamos un cuento y nos volvimos a dormir.
    Dormida pero despierta, bajo la suave diagonal del tejado, me deslicé por ese sábado como por todos los que estaban por venir. Sobreviví sin beber agua, drogada por la conversación amable y el intercambio sin prisas de momentos de nuestro pasado infeliz, frase a frase, verso a verso, capítulo a capítulo de otros veintipocos como los míos. Me ataste a ti desde dentro, de una manera hábil y sigilosa, en un silencio sólo alterado por el crujir del edredón. Me anudaste el corazón dejando un hilo hacia afuera, sacándome por la boca un colgajo sentimental aún indefinido. Quiero pensar que está atado a ti con firmeza, que sigue conectándonos aún hoy, aún a nuestra manera.
     Y luego volví a París, y de pronto fue invierno, y de repente las mariposas ni habían sido siquiera gusanos de seda. Y las palabras quedaron enterradas bajo la nieve, y los cuentos se quemaron al amor de la chimenea.

     Sólo quedó un manojo dobles sentidos brotando de entre la mala hierba de los recuerdos. De entre esos hierbajos que crecen en la primavera de verdad, de los que brotan sin querer unas flores violetas que siempre resultan ser las más hermosas del prado."

París, mayo de 2010.
Documentos sorpresa en una tarde gris de olor a flor violeta. 

domingo, 16 de marzo de 2014

In sha'a Allah



Sólo sabía que se llamaba Hassan y que tenía los ojos muy oscuros. Los mismos ojos, la misma piel tostada, los mismos rizos diminutos que aquel tipo argelino que me besó enfrente del café Liberté, una tarde con el mismo sol de esta falsa primavera. Por eso cuando esos ojos se me clavaron encima vivieron en mis horas siguientes como si hubieran vuelto a bendecirme. No paré hasta terminar de volverme loca y tenerlos encima de una cerveza, con el alma chorreando de culpa. 
Supe que Hassan es de Marruecos y terminé por darme cuenta entonces de que la vida me está chivando algo al oído que estoy ignorando quizás a propósito. Hassan tiene los ojos muy oscuros pero yo el corazón en tránsito y la vida entre paréntesis, pendiente de vacaciones y de revisión profunda. No puedo aún adivinar si es el sur el que me roba el alma o soy yo la que necesito dejarme robar, ahogarme en la arena donde siempre termino por hundirme al olor de la canela, al sonido de la lengua jeroglífica que acuchilla mi serenidad.
Sólo sé que se llama Hassan y que tiene los ojos de los buenos amantes: los que alimentan el limbo de mis miedos más secretos con la ilusión de las historias imposibles.



martes, 25 de febrero de 2014

Fui feliz.



Verse en fotos con rastas, con el pelo corto, sin rímel, más gorda, dormida, borracha, fumada y ensetada paseando por un Ámsterdam naranja. Ver París por todas partes, ver fotos de mendigos en el metro. La Torre Eiffel de noche, al amanecer, desde arriba, desde abajo, del revés, entre las piernas, en la boca. Ver el Arco del Triunfo en exactas posiciones. Y Montmartre. Y la Ópera. Y el Louvre. Todas las salas del Louvre y del Orsay. El Sena y la luz que es verdad que tiene. 

Ver también la estación de Bastille, los cafés, Barbès, las trufas gigantes del Faubourg Saint-Germain. Ver el bar Liberté y las colillas de Fleur du Pays. El sabor del Fleur du Pays en la piel caramelo. Cada RER, cada calle, cada banco. Los guitarristas de las orillas del Sena. La certeza de saber que nunca volverás a ver a la rumana loca con la que lloras esa versión fácil de Stand by me. El campus cada domingo. La vida hecha píxel.

Ver el Mont-Saint-Michel sin gente. Saint-Malo en temporada baja. Los tobillos hinchados de Sara. Ver su sonrisa falsa de cada foto, arrepintiéndose de haberme seguido a la locura del invierno bretón.

Ver a Sara con el pelo corto, más gorda, dormida, fumada. Ver tazas y ceniceros en el suelo de goma gris. La mancha de pintauñas rojo de uno de tantos cigarros de dudas. Ver a Sara por todas partes. Ver a Sara llorando muchas veces. Verme a mí llorándole a Sara muchas veces. Ver a Sara con Sésar todavía. Verla por fin feliz y dejarla disfrutar. Ver las maletas de ida, las maletas de vuelta, a la negra que se ganó con la sonrisa más grande del mundo que la dejáramos copiar nuestro examen de Syntaxe espagnole.

Vernos cuando creíamos que el mundo se acababa en el aeropuerto. Vernos pequeñas, vernos lejanas, vernos olvidadas.

Escuchar la sintonía de la SNCF y sentir el frío en las manos una mañana de diciembre. Sentir en el brazo el pelo áspero del pedazo de negro con el que compartí asiento en el tren. Las rayas de su americana en mi mejilla, el olor intenso. Aquel beso sorpresa mientras me peinaba en la ventana del tren. La catedral de Köln. El puente enorme sobre el río. Un Danubio inmenso. Esa plataforma que no podías pasar cuando ensayaba la filarmónica. Ver una plaza con puestos de madera y tejaditos a dos aguas cubiertos de nieve. Oler los bretzels y el chocolate. Sentir en la boca el mejor kebab que probaré jamás.

Escuchar, volver a escuchar el sonido de llamada del Skype. Volver a escuchar el sonido de colgar del Skype.

Ver un mimo en la plaza de Lille, un barrio de casas de colores de un pueblo tan precioso que he olvidado su nombre. El paisaje templado de la estación de Orléans en la que Clément me dejó tan tirada que nos levantamos a la mañana siguiente sin que se hubiera atrevido a meterme mano. El vagón de un tren Amiens-París completamente vacío un domingo por la tarde.

Quizás es mejor ponerse la ropa y ocultar las cicatrices.

Quizás las cicatrices aún templen la piel.

Porque quizás, a pesar de todo,

fui feliz. 


domingo, 8 de diciembre de 2013

Soneto a la puta lámpara del salón con la que, fruto más de la ebriedad que del despiste, nos vamos a abrir la crisma cualquier noche de sábado.

A Carlos y a Míguel.



Oh lámpara redonda que me dañas 

allá de donde vienen las ideas, 
esfera luminosa que rodeas

los átomos perfectos de estas almas; 



tú, óvalo eléctrico que arañas 

la droga con amor de las cabezas,

el funky sin locura de los petas,

el whisky que alimenta las migrañas; 



tú que mueres en las habitaciones, 

tú que vives en todas las botellas,

tú que iluminas nuestras juventudes, 



no dejes de rumiar desde tu altura

la cálida resaca que atesoras:
calla sólo cuando se mueran las cuerdas.





domingo, 3 de noviembre de 2013

Madrid. Domingo.



Amanezco. Vestida. Borracha. Un ovillo por fuera y por dentro. Se me irrita Madrid y de pronto estamos brindando con excusas para ponernos por fin las manos encima.
Tus dedazos casi absurdos al sujetar el tequila. Luces, voces cada vez más encendidas. Tus ojos pequeños disolviendo la realidad más que todo el jägermeister del mundo. Disfrazamos de palabras y sonrisas las ganas de hablarnos más bajo y más cerca. La vida alrededor desaparece y a los otros ya les rebosa la cabeza de arena.
Nos inundamos de momentos, de risotadas colectivas, de recuerdos, de estados de facebook para la mañana siguiente. Me miras sin disimulo desde el otro sofá, al filo de la jodida realidad, de la increíble evidencia del número que te persigue.
Amanezco y repaso el universo, leyendo en cada surco de la noche anterior que nosotros ya hemos sembrado un futuro suicida.



sábado, 22 de junio de 2013

Gracias


Antes de que nuestro momento se evapore del todo, quiero decirte que me has enseñado muchas cosas. Recordaré toda esta historia como se recuerda una buena cerveza: amarga, fría, y en deliciosa comunión con el calor. Porque es cierto también que hemos sudado mucho, que ambos tenemos las manos húmedas de tanto buscarle la ciencia a las letras.
            Quiero decirte que me has enseñado a codificar mis pecados con la elegante retórica de las putas de hoy, a desenvolverme con elocuencia en la semántica de una soberbia guarra posmoderna.
            He desarrollado un séptimo sentido para imaginar casa en el mar, niños y perro mientras tú me adelantabas por la derecha. He aprendido a leer tu pupila como una bola de cristal, en la que adiviné mientras follábamos la visión de nuestro último polvo. Pude intuir un adiós dulce, como son las cosas que sólo existen tras los graffitis de las ventanillas de tren.
No he aprendido aún a pasar página, pero sí a despegarme del papel, aunque me queme. Ahora sé saltar hacia el futuro como si me tirara a bomba en un charco de petróleo.
Como ves, he aprendido muchas cosas, muchas más de las que tú me has enseñado. Por todas ellas, y por las que ya no están por venir, de corazón,
muchísimas gracias.



domingo, 7 de abril de 2013

Follar con amor


"Hasta para un partidario convencido, como yo, del sexo casual, del sexo por entretenimiento, del sexo por pasar el rato, del sexo como terapia antiestrés, del sexo por probar algo nuevo, del sexo por el sexo, del sexo por curiosidad, del sexo por aburrimiento, etcétera, está muy claro que no hay nada como el sexo con amor. No por amor, con amor.
Que te la chupen una rubia y una morena, o dos morenas (haciendo pausas para besarse apasionadamente, las benditas), o que te pongan un chocho en la cara mientras alguien, ¿quién será?, te la chupa, o ver correrse a La Giganta (de ese acontecimiento extraordinario les hablaré otro día), o pasearte por entre parejas que follan e ir metiéndole el pito en la boca a todas las mujeres a tu alcance. Qué duda cabe de que esas son experiencias supremas que recomiendo vivir a toda persona sensata antes de extinguirse.
Pero. Ninguna comparable a follar con amor. Follar amando a quien te follas. Hasta yo tengo que reconocer eso, sin titubear un segundo. Lo que no quiere decir que no sigamos deseando (y haciendo, cuando podemos) todo lo demás. Desear todo lo demás es lo más natural y lo más sano del mundo. Pero aquí hablo de gradaciones, y follar con alguien que amas está en lo más alto de la parte más meridiana del follar.
¿Por qué? Creo que es por un extra, por un algo que añade al follar eso que llamamos amor (y que, según los psicólogos evolutivos, es una mezcla de estrategias reproductivas y compatibilidades químicas de cierto tipo, entre un macho y una hembra de nuestra especie). Siguen presentes todos los placeres del acto, de la carne, de nuestra grandiosa red neuronal, y por supuesto está muy presente el universo ajeno a nuestro yo en el cerebro, que despliega en ese sublime momento todas las artimañas propias de la sopa eléctrica y química que somos.
Sin embargo, a pesar de sentir todas esas maravillas, tenemos la impresión de que hay algo más.
Que nadie pronuncie la palabra “espíritu” o “alma”. Ya sabemos que no existen, que son artefactos culturales de ficción. Han sido muy útiles al proceso de civilización, no lo negaremos, pero no son reales. Sin embargo, no cabe duda de que follar con amor es un fenómeno curioso y de difícil explicación. Al menos para mí. Uno está haciendo lo mismo que hace siempre (metiéndola, sacándola, chupando por aquí y por allá) pero sucede que siente una emoción, un debilitamiento, un abandono, un embeleso, un arrobamiento. Y quiere fundirse (la literatura aquí es inevitable) con la persona con la que folla. Quiere, de cierta manera, perderse, quiere no regresar. También desea, a veces, comerse a la otra persona, pero esa es otra historia.
Follar con amor es una sensación fantástica y extraña. No quiero ponerme romántico para no hacer el ridículo o falsear las cosas o magnificarlas o razonar mediante moldes, que es lo que pasa cuando nos ponemos románticos.
Sabemos, eso sí, que el cerebro nos inventa y que el cerebro nos engaña. Constantemente. Pero de una manera especial, creo, nos engaña en eso que llamamos amor. Todos hemos experimentado la deliciosa conmoción que produce el cerebro y que consiste en hacerte creer que todo lo que tiene que ver con una persona que acabas de conocer es maravilloso y que ya no puedes estar sin verla ni un momento. Todos hemos pasado por ahí. Y todos sabemos cuando pasa la engañifa de nuestro cerebro, nos rompemos la cabeza tratando de explicarnos ¡cómo nos hemos engañado tanto! Cómo hemos podido estar tan equivocados.
Pero no es culpa nuestra, naturalmente, es nuestro cerebro y en general nuestra sopa química, timándonos y manejándonos a su antojo. Es decir, según sus planes, que no necesariamente son los nuestros. Lo que llamamos “yo” no es más que una parcela diminuta en medio de la galaxia que es nuestro cerebro.
Según los científicos (Eagleman), eso que llamamos amor suele durar alrededor de tres años, antes de empezar su declive. Estamos programados “para perder el interés en una pareja sexual después de que haya pasado el tiempo necesario para criar un hijo, que es una media de cuatro años”.
No lo dudo. Pero.
Qué pasa cuando no se desvanece la engañifa y la engañifa se torna permanente. Cuando pasan los años (tres, cuatro, seis, diez o doce o veinte años) y sigues sin poder alejarte de la otra persona sin añorarla, cuando pasan los años y sigues pensando que su olor es el mejor perfume que existe, cuando pasan los años y sigues queriendo follar con esa persona por encima de todas las otras personas. (Ojo, no digo que no quieras follar con otras u otros, digo que si tienes que elegir siempre eliges a esa persona para follar por encima de cualquier otra). Qué pasa cuando pasan los años y sigues creyendo que sus ojos son los más bellos del mundo y su boca la más olorosa y su saliva un dulce jarabe y el sabor de su chocho superior, muy superior, a cualquier manjar imaginable.
Qué pasa. ¿Cómo se explica eso? La respuesta tiene que estar en nuestro cerebro, porque no hay nada fuera de nuestro cerebro. Lo sé.
Seguro que nuestro cerebro tiene capacidad para engañarnos permanentemente, a largo plazo. Bien. ¿Pero por qué lo hace? Ya no hay ninguna cría de la que ocuparse.
Bueno, me digo, cuando pienso en el asunto y no puedo llegar a una conclusión satisfactoria: ¡qué más da por qué lo hace nuestro cerebro, qué más da que el amor sea un invento suyo!
Eso. Qué más da.
Y pasan los años. Y llega una tarde de invierno, quince años después de haberte visto por primera vez. Y estamos en casa y me abrazas y dices:
—La vida es maravillosa cuando estoy contigo.
Y sigo sin saber por qué follar con amor es insuperable, e ignoro, claro está, por qué eso que llamamos amor, contra todo pronóstico, puede durar toda una vida. No obstante, sé que soy feliz cuando dices la vida es maravillosa cuando estoy contigo. Cualquier cosa que sea eso de ser feliz.
Y te beso. Y mi pequeño yo se regocija en las vastedades de mi gran cerebro."

Juan Abreu, "Follar con amor"

(...más de Jot Down Cultural Magazine, aquí)





miércoles, 7 de noviembre de 2012

Deberes


Miércoles 31 de octubre. Alcalá de Henares, Madrid. El diluvio universal oculta las ruinas de la antigua cárcel de mujeres, el metafórico espectáculo que regalan las cristaleras de las aulas de la agonizante Facultad de documentación. Dentro, asignatura optativa en el rey de los paripés dilucidado en la reciente reforma del sistema educativo español (que no adjetivaré para no herir sensibilidades), alias Máster de Formación de Profesorado. Especialidad, Lengua española y literatura.

Sobre la tarima, el genial Joaquín Rubio. Deberes: búsquenme tres poemas y díganme cómo podríamos utilizarlos en una clase, qué aspectos de su comprensión señalarían y por qué. Y qué esperan que el alumno aprenda de ese poema. Me lo entregan el próximo miércoles.

En el primer segundo, cruzan por mi mente Salinas, León Felipe, Emilio Prados. ¿Algo de Borges…? ¿César Vallejo…? ¿Y Benedetti o Cortázar? ¿Góngora o Quevedo? Uf, no lo entienden. No lo entienden ni de coña. De Edad Media, ni hablamos.

Así estamos. O estábamos, hasta que se me ha cruzado un nombre por la mente.


Documento I, de Manuel del Barrio Donaire


Vivir el presente
En busca de comida y agua
y un buen apartamento por 500 euros al mes.

Sobrevivir.

Tener plaza de garaje
como el que tiene algo de salud,
arrodillarse los domingos
para comprobar la presión de los neumáticos.

Lo tengo,
no lo tengo,
lo tengo,
no lo tengo,
no lo tengo,
no lo tengo,
no lo tengo,
lo tengo.

Mi vida es como un álbum de cromos.

Si se me rompe el portátil
puedo morir de un ataque al corazón.



Gracias por inspirar mis deberes, Dr. Wiler.






martes, 23 de octubre de 2012

Encargo


No me des tregua, no me perdones nunca.
Hostígame en la sangre, que cada cosa cruel sea tú que
vuelves.
¡No me dejes dormir, no me des paz!
Entonces ganaré mi reino,
naceré lentamente.
No me pierdas como una música fácil, no seas caricia ni
guante;
tállame como un sílex, desespérame.
Guarda tu amor humano, tu sonrisa, tu pelo. Dálos.
Ven a mí con tu cólera seca de fósforos y escamas.
Grita. Vomítame arena en la boca, rómpeme las fauces.
No me importa ignorarte en pleno día,
saber que juegas cara al sol y al hombre.
Compártelo.


Yo te pido la cruel ceremonia del tajo,
lo que nadie te pide: las espinas
hasta el hueso. Arráncame esta cara infame,
oblígame a gritar al fin mi verdadero nombre.



Julio Cortázar



sábado, 23 de junio de 2012

Ese ser


Ese ser, que me saca de todas las casillas. Que me extirpa con reggae el aburrimiento. Con quien comparto baño, y quien me regala un valle de toallas húmedas cada mañana. Que es capaz de inyectarme en vena litros de tranquilidad; a mí, todo cortocircuito, es él mi toma de tierra. Ese ser de alma paquidérmica, bajo cuya piel de cuero repujado se esconde un espíritu trazado a tiralíneas. Todo curiosidad y borbotones de oculto conocimiento, que de vez en cuando deja brotar en forma de cuchillada irónica. 

       Ese ser, al que estrangularía por desesperación en unos momentos y en otros pasaría con él la eternidad mirando en silencio el horizonte.


Ese ser es mi hermano.

      Hoy hace 23 años que ese ser apareció en mi vida, o más bien irrumpió en ella de golpe y porrazo, como siempre. Nos jodió la siesta de un día de bochorno. Nos pilló desprevenidos; mi madre parió con el vestido puesto. Yo tenía 17 meses y hablaba de más, así que le robé el protagonismo y las palabras durante cerca de 3 años. Tardó en darse cuenta, pero reaccionó a su manera. Estalló de pronto y abolió su esclavitud. Desde entonces, convivimos en un mutuo acuerdo de paz, que se rompe sólo por culpa de aquello que nos une y nos separa: nuestro profundo amor por ir a nuestro puto rollo.

            Así que felicidades, ser. Estás en mí como eres tú, agazapado en silencio, camuflado en mi cabeza en constante ebullición. Y a veces, cuando todo se suspende, surges de entre las burbujas detenidas, y sin prisa (como siempre), eres el primero en desenfundar escuadra y cartabón y desmerecer el Parnaso de mi agobio. Por eso eres y serás el mejor de mis amigos.

            Soy como soy también por ti. Gracias.



lunes, 23 de abril de 2012


Él escondía su nobleza detrás de un brillo de hachís en la mirada. Yo tenía buenas notas y muchas ganas de encontrarme a algún canalla. Quizás por eso decidí jugar a las películas, y cuando volvimos a vernos acabó calentándose los pies con el pliegue de la goma de mi sábana bajera.
Con el tiempo, él se dio cuenta de que yo escondía la lascivia de puta pequeñita detrás de mi perfeccionismo, y yo de que, cuando se le pasó la fumada, la nobleza la tenía tatuada en las córneas.
Entonces, las agujas de mi reloj debieron jugársela todo a una.
Hoy amanezco, en esta primavera postiza, con un sol que desafía al tratado de Kioto y le hipoteca la sombra a antenas y chimeneas. Pero a ti no te importa que ya me huela el aliento a café con leche, ni a mí que me hagas daño cuando me desenredas los rizos del cuello.
Subo la persiana. Hay girasoles sobre los tejados. 


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