Mostrando entradas con la etiqueta Mi familia y otros animales. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mi familia y otros animales. Mostrar todas las entradas
domingo, 12 de abril de 2015
Domingo, resaca adolescente, masoquismo gratuito.
"La tristeza es un vaso que también se desfondó..."
martes, 27 de enero de 2015
Köln, jazmines podridos.
"El tiempo como destellos brillantes, como un perpetuo pestañeo. Vivir bajo el eterno efecto de abrir los párpados y que todo haya cambiado.
De repente he abierto los ojos y estaba
aquí, en mayo, extenuada por los
efectos del trepidante ritmo latino que templa la habitación de al lado. No hacía mucho que mis ojos se habían cerrado por última vez en una fría madrugada de principios de diciembre, cuando caí en la cama agotada por el alcohol y el peso de mi
locura transitoria. Dormí dos horas, me levanté aún ebria. Me tomé un café sentada sobre la maleta, sintiendo el agua sucia y caliente elevando la temperatura de mi estómago arrugado. Era, probablemente, la mañana más fría que he tenido el
gusto de disfrutar en París.
No recuerdo cuántas veces escuché la sintonía hipnótica de la SNCF durante aquellas dos horas,
mientras lidiaba contra el sueño en la gélida gare de Saint Lazare. Porque aquel fin de semana fue eso, un
sueño, un delirio. Sigo creyendo que ese tren me llevó a un universo paralelo donde el invierno se transformó un rato en una primavera tibia y oscura. El tiempo fue una bruma sin sentido desde que sentí el olor húmedo de tu sudadera hasta que se fundió en el cristal del tren el vapor en el que me regalaste un par de
palabras.
Y llegué a aquella casa, a aquella cama
infinita donde no logramos encontrarnos. Y por fin, la paz. Me envolví en la funda nórdica como el regalo de unas navidades pasadas. Sólo desperté para volver a caer en el dulce sueño de tus palabras. Nos contamos un cuento y nos volvimos a dormir.
Dormida pero despierta, bajo la suave
diagonal del tejado, me deslicé por ese sábado como por todos
los que estaban por venir. Sobreviví sin beber
agua, drogada por la conversación amable y el
intercambio sin prisas de momentos de nuestro pasado infeliz, frase a frase, verso a verso, capítulo a capítulo de otros
veintipocos como los míos. Me ataste a ti desde dentro, de una manera hábil y sigilosa, en un silencio sólo alterado por el
crujir del edredón. Me anudaste el corazón dejando un hilo hacia afuera, sacándome por la boca un colgajo sentimental aún indefinido. Quiero pensar que está atado a ti con firmeza, que sigue conectándonos aún hoy, aún a nuestra manera.
Y luego volví a París, y de pronto fue invierno, y de repente
las mariposas ni habían sido siquiera gusanos de seda. Y las
palabras quedaron enterradas bajo la nieve, y los cuentos se quemaron al amor
de la chimenea.
Sólo quedó un manojo dobles sentidos brotando de entre la
mala hierba de los recuerdos. De entre esos hierbajos que crecen en la primavera de verdad,
de los que brotan sin querer unas flores violetas que siempre resultan ser las más hermosas del prado."
París, mayo de 2010.
Documentos sorpresa en una tarde gris de olor a flor violeta.
domingo, 16 de marzo de 2014
In sha'a Allah
Sólo sabía que se llamaba Hassan y que
tenía los ojos muy oscuros. Los mismos ojos, la misma piel tostada, los mismos
rizos diminutos que aquel tipo argelino que me besó enfrente del café Liberté,
una tarde con el mismo sol de esta falsa primavera. Por eso cuando esos ojos se
me clavaron encima vivieron en mis horas siguientes como si hubieran vuelto a
bendecirme. No paré hasta terminar de volverme loca y tenerlos encima de una
cerveza, con el alma chorreando de culpa.
Supe que Hassan es de Marruecos y terminé
por darme cuenta entonces de que la vida me está chivando algo al oído que
estoy ignorando quizás a propósito. Hassan tiene los ojos muy oscuros pero yo el
corazón en tránsito y la vida entre paréntesis, pendiente de vacaciones y de
revisión profunda. No puedo aún adivinar si es el sur el que me roba el alma o
soy yo la que necesito dejarme robar, ahogarme en la arena donde siempre
termino por hundirme al olor de la canela, al sonido de la lengua jeroglífica que
acuchilla mi serenidad.
Sólo sé que se llama Hassan y que tiene
los ojos de los buenos amantes: los que alimentan el limbo de mis miedos más
secretos con la ilusión de las historias imposibles.
martes, 25 de febrero de 2014
Fui feliz.
Verse en fotos con rastas, con el pelo corto, sin rímel, más gorda, dormida, borracha, fumada y ensetada paseando por un Ámsterdam naranja. Ver
París por todas partes, ver fotos de mendigos en el metro. La Torre Eiffel de
noche, al amanecer, desde arriba, desde abajo, del revés, entre las piernas, en
la boca. Ver el Arco del Triunfo en exactas posiciones. Y Montmartre. Y la Ópera. Y el Louvre. Todas las salas del Louvre y del Orsay. El Sena y la luz que es verdad que tiene.
Ver también la estación de Bastille, los cafés, Barbès, las
trufas gigantes del Faubourg Saint-Germain. Ver el bar Liberté y las colillas
de Fleur du Pays. El sabor del Fleur du Pays en la piel caramelo. Cada RER, cada calle, cada banco. Los guitarristas de las orillas del Sena. La certeza de saber que nunca volverás a ver a la rumana loca con la que lloras esa versión fácil de Stand by me. El campus cada domingo. La vida hecha píxel.
Ver el Mont-Saint-Michel sin gente. Saint-Malo en temporada
baja. Los tobillos hinchados de Sara. Ver su sonrisa falsa de cada
foto, arrepintiéndose de haberme seguido a la locura del invierno bretón.
Ver a Sara con el pelo corto, más gorda, dormida, fumada.
Ver tazas y ceniceros en el suelo de goma gris. La mancha de pintauñas rojo de uno de tantos cigarros de dudas. Ver a Sara por todas
partes. Ver a Sara llorando muchas veces. Verme a mí llorándole a Sara muchas veces. Ver a Sara con Sésar todavía.
Verla por fin feliz y dejarla disfrutar. Ver las maletas de ida, las maletas de
vuelta, a la negra que se ganó con la sonrisa más grande del mundo que la dejáramos copiar nuestro examen de Syntaxe espagnole.
Vernos cuando creíamos que el mundo se acababa en el aeropuerto.
Vernos pequeñas, vernos lejanas, vernos olvidadas.
Escuchar la sintonía de la SNCF y sentir el frío en las
manos una mañana de diciembre. Sentir en el brazo el pelo áspero del pedazo de negro con el
que compartí asiento en el tren. Las rayas de su americana en mi mejilla, el olor intenso. Aquel beso sorpresa mientras me peinaba en la ventana del tren. La catedral de Köln. El puente
enorme sobre el río. Un Danubio inmenso. Esa plataforma que no podías pasar
cuando ensayaba la filarmónica. Ver una plaza con puestos de madera y tejaditos
a dos aguas cubiertos de nieve. Oler los bretzels y el chocolate. Sentir en la
boca el mejor kebab que probaré jamás.
Escuchar, volver a escuchar el sonido de llamada del Skype.
Volver a escuchar el sonido de colgar del Skype.
Ver un mimo en la plaza de Lille, un barrio de casas de colores de un pueblo tan precioso que he olvidado su nombre. El paisaje templado de la estación de Orléans en la que Clément me dejó tan tirada que nos levantamos a la mañana siguiente sin que se hubiera atrevido a meterme mano. El vagón de un
tren Amiens-París completamente vacío un domingo por la tarde.
Quizás es mejor ponerse la ropa y ocultar las cicatrices.
Quizás las cicatrices aún templen la piel.
Porque quizás, a pesar de todo,
fui feliz.
domingo, 8 de diciembre de 2013
Soneto a la puta lámpara del salón con la que, fruto más de la ebriedad que del despiste, nos vamos a abrir la crisma cualquier noche de sábado.
A Carlos y a Míguel.
Oh lámpara redonda
que me dañas
allá de donde vienen
las ideas,
esfera luminosa que
rodeas
los átomos perfectos
de estas almas;
tú, óvalo eléctrico
que arañas
la droga con amor de
las cabezas,
el funky sin locura
de los petas,
el whisky que
alimenta las migrañas;
tú que mueres en las
habitaciones,
tú que vives en todas
las botellas,
tú que iluminas
nuestras juventudes,
no dejes de rumiar
desde tu altura
la cálida resaca que
atesoras:
calla sólo cuando se
mueran las cuerdas.
domingo, 3 de noviembre de 2013
Madrid. Domingo.
Amanezco. Vestida. Borracha. Un
ovillo por fuera y por dentro. Se me irrita Madrid y de pronto estamos
brindando con excusas para ponernos por fin las manos encima.
Tus dedazos casi absurdos al
sujetar el tequila. Luces, voces cada vez más encendidas. Tus ojos pequeños
disolviendo la realidad más que todo el jägermeister del mundo. Disfrazamos de
palabras y sonrisas las ganas de hablarnos más bajo y más cerca. La vida
alrededor desaparece y a los otros ya les rebosa la cabeza de arena.
Nos inundamos de momentos, de
risotadas colectivas, de recuerdos, de estados de facebook para la mañana siguiente.
Me miras sin disimulo desde el otro sofá, al filo de la jodida realidad, de la
increíble evidencia del número que te persigue.
Amanezco y repaso el universo, leyendo
en cada surco de la noche anterior que nosotros ya hemos sembrado un futuro
suicida.
sábado, 22 de junio de 2013
Gracias
Antes de que nuestro momento se
evapore del todo, quiero decirte que me has enseñado muchas cosas. Recordaré
toda esta historia como se recuerda una buena cerveza: amarga, fría, y en
deliciosa comunión con el calor. Porque es cierto también que hemos sudado
mucho, que ambos tenemos las manos húmedas de tanto buscarle la ciencia a las
letras.
Quiero
decirte que me has enseñado a codificar mis pecados con la elegante retórica de
las putas de hoy, a desenvolverme con elocuencia en la semántica de una
soberbia guarra posmoderna.
He
desarrollado un séptimo sentido para imaginar casa en el mar, niños y perro mientras
tú me adelantabas por la derecha. He aprendido a leer tu pupila como una bola
de cristal, en la que adiviné mientras follábamos la visión de nuestro último
polvo. Pude intuir un adiós dulce, como son las cosas que sólo existen tras
los graffitis de las ventanillas de tren.
No he aprendido aún a pasar
página, pero sí a despegarme del papel, aunque me queme. Ahora sé saltar hacia el
futuro como si me tirara a bomba en un charco de petróleo.
Como ves, he aprendido muchas
cosas, muchas más de las que tú me has enseñado. Por todas ellas, y por las que
ya no están por venir, de corazón,
muchísimas gracias.
domingo, 7 de abril de 2013
Follar con amor
"Hasta para un partidario convencido, como yo, del sexo casual, del sexo por entretenimiento, del sexo por pasar el rato, del sexo como terapia antiestrés, del sexo por probar algo nuevo, del sexo por el sexo, del sexo por curiosidad, del sexo por aburrimiento, etcétera, está muy claro que no hay nada como el sexo con amor. No por amor, con amor.
Que te la chupen una rubia y una morena, o dos morenas (haciendo pausas para besarse apasionadamente, las benditas), o que te pongan un chocho en la cara mientras alguien, ¿quién será?, te la chupa, o ver correrse a La Giganta (de ese acontecimiento extraordinario les hablaré otro día), o pasearte por entre parejas que follan e ir metiéndole el pito en la boca a todas las mujeres a tu alcance. Qué duda cabe de que esas son experiencias supremas que recomiendo vivir a toda persona sensata antes de extinguirse.
Pero. Ninguna comparable a follar con amor. Follar amando a quien te follas. Hasta yo tengo que reconocer eso, sin titubear un segundo. Lo que no quiere decir que no sigamos deseando (y haciendo, cuando podemos) todo lo demás. Desear todo lo demás es lo más natural y lo más sano del mundo. Pero aquí hablo de gradaciones, y follar con alguien que amas está en lo más alto de la parte más meridiana del follar.
¿Por qué? Creo que es por un extra, por un algo que añade al follar eso que llamamos amor (y que, según los psicólogos evolutivos, es una mezcla de estrategias reproductivas y compatibilidades químicas de cierto tipo, entre un macho y una hembra de nuestra especie). Siguen presentes todos los placeres del acto, de la carne, de nuestra grandiosa red neuronal, y por supuesto está muy presente el universo ajeno a nuestro yo en el cerebro, que despliega en ese sublime momento todas las artimañas propias de la sopa eléctrica y química que somos.
Sin embargo, a pesar de sentir todas esas maravillas, tenemos la impresión de que hay algo más.
Que nadie pronuncie la palabra “espíritu” o “alma”. Ya sabemos que no existen, que son artefactos culturales de ficción. Han sido muy útiles al proceso de civilización, no lo negaremos, pero no son reales. Sin embargo, no cabe duda de que follar con amor es un fenómeno curioso y de difícil explicación. Al menos para mí. Uno está haciendo lo mismo que hace siempre (metiéndola, sacándola, chupando por aquí y por allá) pero sucede que siente una emoción, un debilitamiento, un abandono, un embeleso, un arrobamiento. Y quiere fundirse (la literatura aquí es inevitable) con la persona con la que folla. Quiere, de cierta manera, perderse, quiere no regresar. También desea, a veces, comerse a la otra persona, pero esa es otra historia.
Follar con amor es una sensación fantástica y extraña. No quiero ponerme romántico para no hacer el ridículo o falsear las cosas o magnificarlas o razonar mediante moldes, que es lo que pasa cuando nos ponemos románticos.
Sabemos, eso sí, que el cerebro nos inventa y que el cerebro nos engaña. Constantemente. Pero de una manera especial, creo, nos engaña en eso que llamamos amor. Todos hemos experimentado la deliciosa conmoción que produce el cerebro y que consiste en hacerte creer que todo lo que tiene que ver con una persona que acabas de conocer es maravilloso y que ya no puedes estar sin verla ni un momento. Todos hemos pasado por ahí. Y todos sabemos cuando pasa la engañifa de nuestro cerebro, nos rompemos la cabeza tratando de explicarnos ¡cómo nos hemos engañado tanto! Cómo hemos podido estar tan equivocados.
Pero no es culpa nuestra, naturalmente, es nuestro cerebro y en general nuestra sopa química, timándonos y manejándonos a su antojo. Es decir, según sus planes, que no necesariamente son los nuestros. Lo que llamamos “yo” no es más que una parcela diminuta en medio de la galaxia que es nuestro cerebro.
Según los científicos (Eagleman), eso que llamamos amor suele durar alrededor de tres años, antes de empezar su declive. Estamos programados “para perder el interés en una pareja sexual después de que haya pasado el tiempo necesario para criar un hijo, que es una media de cuatro años”.
No lo dudo. Pero.
Qué pasa cuando no se desvanece la engañifa y la engañifa se torna permanente. Cuando pasan los años (tres, cuatro, seis, diez o doce o veinte años) y sigues sin poder alejarte de la otra persona sin añorarla, cuando pasan los años y sigues pensando que su olor es el mejor perfume que existe, cuando pasan los años y sigues queriendo follar con esa persona por encima de todas las otras personas. (Ojo, no digo que no quieras follar con otras u otros, digo que si tienes que elegir siempre eliges a esa persona para follar por encima de cualquier otra). Qué pasa cuando pasan los años y sigues creyendo que sus ojos son los más bellos del mundo y su boca la más olorosa y su saliva un dulce jarabe y el sabor de su chocho superior, muy superior, a cualquier manjar imaginable.
Qué pasa. ¿Cómo se explica eso? La respuesta tiene que estar en nuestro cerebro, porque no hay nada fuera de nuestro cerebro. Lo sé.
Seguro que nuestro cerebro tiene capacidad para engañarnos permanentemente, a largo plazo. Bien. ¿Pero por qué lo hace? Ya no hay ninguna cría de la que ocuparse.
Bueno, me digo, cuando pienso en el asunto y no puedo llegar a una conclusión satisfactoria: ¡qué más da por qué lo hace nuestro cerebro, qué más da que el amor sea un invento suyo!
Eso. Qué más da.
Y pasan los años. Y llega una tarde de invierno, quince años después de haberte visto por primera vez. Y estamos en casa y me abrazas y dices:
—La vida es maravillosa cuando estoy contigo.
Y sigo sin saber por qué follar con amor es insuperable, e ignoro, claro está, por qué eso que llamamos amor, contra todo pronóstico, puede durar toda una vida. No obstante, sé que soy feliz cuando dices la vida es maravillosa cuando estoy contigo. Cualquier cosa que sea eso de ser feliz.
Y te beso. Y mi pequeño yo se regocija en las vastedades de mi gran cerebro."
Juan Abreu, "Follar con amor"
(...más de Jot Down Cultural Magazine, aquí)
lunes, 25 de febrero de 2013
miércoles, 7 de noviembre de 2012
Deberes
Miércoles 31 de octubre. Alcalá
de Henares, Madrid. El diluvio universal oculta las ruinas de la antigua cárcel
de mujeres, el metafórico espectáculo que regalan las cristaleras de las aulas
de la agonizante Facultad de documentación. Dentro, asignatura optativa en el
rey de los paripés dilucidado en la reciente reforma del sistema educativo
español (que no adjetivaré para no herir sensibilidades), alias Máster de
Formación de Profesorado. Especialidad, Lengua española y literatura.
Sobre la tarima, el genial
Joaquín Rubio. Deberes: búsquenme tres poemas y díganme cómo podríamos
utilizarlos en una clase, qué aspectos de su comprensión señalarían y por qué.
Y qué esperan que el alumno aprenda de ese poema. Me lo entregan
el próximo miércoles.
En el primer segundo, cruzan por
mi mente Salinas, León Felipe, Emilio Prados. ¿Algo de Borges…? ¿César
Vallejo…? ¿Y Benedetti o Cortázar? ¿Góngora o Quevedo? Uf, no lo entienden. No
lo entienden ni de coña. De Edad Media, ni hablamos.
Así estamos. O estábamos, hasta
que se me ha cruzado un nombre por la mente.
Documento I, de
Manuel del Barrio Donaire
Vivir el presente
En busca de
comida y agua
y un buen
apartamento por 500 euros al mes.
Sobrevivir.
Tener plaza de
garaje
como el que tiene
algo de salud,
arrodillarse los
domingos
para comprobar la
presión de los neumáticos.
Lo tengo,
no lo tengo,
lo tengo,
no lo tengo,
no lo tengo,
no lo tengo,
no lo tengo,
lo tengo.
Mi vida es como
un álbum de cromos.
Si se me rompe el
portátil
puedo morir de un
ataque al corazón.
martes, 23 de octubre de 2012
Encargo
No me des tregua, no me perdones nunca.
Hostígame en la sangre, que cada cosa cruel sea tú que
vuelves.
¡No me dejes dormir, no me des paz!
Entonces ganaré mi reino,
naceré lentamente.
No me pierdas como una música fácil, no seas caricia ni
guante;
tállame como un sílex, desespérame.
Guarda tu amor humano, tu sonrisa, tu pelo. Dálos.
Ven a mí con tu cólera seca de fósforos y escamas.
Grita. Vomítame arena en la boca, rómpeme las fauces.
No me importa ignorarte en pleno día,
saber que juegas cara al sol y al hombre.
Compártelo.
Yo te pido la cruel ceremonia del tajo,
lo que nadie te pide: las espinas
hasta el hueso. Arráncame esta cara infame,
oblígame a gritar al fin mi verdadero nombre.
Julio Cortázar
sábado, 23 de junio de 2012
Ese ser
Ese ser, que me saca de todas las
casillas. Que me extirpa con reggae
el aburrimiento. Con quien comparto baño, y quien me regala un valle de toallas
húmedas cada mañana. Que es capaz de inyectarme en vena litros de tranquilidad;
a mí, todo cortocircuito, es él mi toma de tierra. Ese ser de alma
paquidérmica, bajo cuya piel de cuero repujado se esconde un espíritu trazado a
tiralíneas. Todo curiosidad y borbotones de oculto conocimiento, que de vez en
cuando deja brotar en forma de cuchillada irónica.
Ese ser, al
que estrangularía por desesperación en unos momentos y en otros pasaría con él la
eternidad mirando en silencio el horizonte.
Ese ser es mi hermano.
Hoy hace 23
años que ese ser apareció en mi vida, o más bien irrumpió en ella de golpe y
porrazo, como siempre. Nos jodió la siesta de un día de bochorno. Nos pilló
desprevenidos; mi madre parió con el vestido puesto. Yo tenía 17 meses y
hablaba de más, así que le robé el protagonismo y las palabras durante cerca de
3 años. Tardó en darse cuenta, pero reaccionó a su manera. Estalló de pronto y
abolió su esclavitud. Desde entonces, convivimos en un mutuo acuerdo de paz, que
se rompe sólo por culpa de aquello que nos une y nos separa: nuestro profundo
amor por ir a nuestro puto rollo.
Así que
felicidades, ser. Estás en mí como eres tú, agazapado en silencio, camuflado en
mi cabeza en constante ebullición. Y a veces, cuando todo se suspende, surges
de entre las burbujas detenidas, y sin prisa (como siempre), eres el primero en
desenfundar escuadra y cartabón y desmerecer el Parnaso de mi agobio. Por eso
eres y serás el mejor de mis amigos.
Soy como soy
también por ti. Gracias.
lunes, 23 de abril de 2012
Él escondía su
nobleza detrás de un brillo de hachís en la mirada. Yo tenía buenas notas y
muchas ganas de encontrarme a algún canalla. Quizás por eso decidí jugar a las
películas, y cuando volvimos a vernos acabó calentándose los pies con el
pliegue de la goma de mi sábana bajera.
Con el tiempo, él
se dio cuenta de que yo escondía la lascivia de puta pequeñita detrás de mi
perfeccionismo, y yo de que, cuando se le pasó la fumada, la nobleza la tenía
tatuada en las córneas.
Entonces, las
agujas de mi reloj debieron jugársela todo a una.
Hoy amanezco, en
esta primavera postiza, con un sol que desafía al tratado de Kioto y le hipoteca
la sombra a antenas y chimeneas. Pero a ti no te importa que ya me huela el
aliento a café con leche, ni a mí que me hagas daño cuando me desenredas los
rizos del cuello.
Subo la
persiana. Hay girasoles sobre los tejados.
.
.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
