Sólo sabía que se llamaba Hassan y que
tenía los ojos muy oscuros. Los mismos ojos, la misma piel tostada, los mismos
rizos diminutos que aquel tipo argelino que me besó enfrente del café Liberté,
una tarde con el mismo sol de esta falsa primavera. Por eso cuando esos ojos se
me clavaron encima vivieron en mis horas siguientes como si hubieran vuelto a
bendecirme. No paré hasta terminar de volverme loca y tenerlos encima de una
cerveza, con el alma chorreando de culpa.
Supe que Hassan es de Marruecos y terminé
por darme cuenta entonces de que la vida me está chivando algo al oído que
estoy ignorando quizás a propósito. Hassan tiene los ojos muy oscuros pero yo el
corazón en tránsito y la vida entre paréntesis, pendiente de vacaciones y de
revisión profunda. No puedo aún adivinar si es el sur el que me roba el alma o
soy yo la que necesito dejarme robar, ahogarme en la arena donde siempre
termino por hundirme al olor de la canela, al sonido de la lengua jeroglífica que
acuchilla mi serenidad.
Sólo sé que se llama Hassan y que tiene
los ojos de los buenos amantes: los que alimentan el limbo de mis miedos más
secretos con la ilusión de las historias imposibles.
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