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jueves, 3 de diciembre de 2015

4 contra 9

         Cuatro semanas no es nada y me pregunto cuánto tiempo va a estar despertándome el dolor de los recuerdos, “secuestrada por la absurda insolencia
 de que todo después de ti
 sigue existiendo” y seguirá existiendo más allá de las madrugadas, de los otros cuerpos, de las cervezas de más y los viajes.
          Repito como un mantra al arrullo de los travestis borrachos y los coches de policía que 9 años no es nada que a pesar de los pesares tendrás amigos tendrás amor. Aunque mi punki de 2º ESO me saque de la bruma cuando leo a Cortázar a primera hora, profe el amor es sólo placer y egoísmo, y yo respiro hondo las horas que son Iván qué profundo te has levantado, y alimento su masturbación de las noches que vienen con la sonrisa que me brota por no darle la razón.
       Supongo que ahora podré por fin empezar a escribirte, podré por fin empezar a inventarte ahora que la realidad ya no existe, ahora que repito como un mantra al arrullo de los travestis borrachos y los coches de policía ya no tengo miedo soy valiente nunca supe quererte la vida va de esto y vamos a echarle cojones, qué demonios.



sábado, 17 de octubre de 2015

Si no se tiembla


Tus ojos ya eran tan inmensos y tu mente y tus palabras tan hipnóticas mucho antes de tantas cervezas y mis mensajes ridículos de los excesos.
Te regalé ya antes de la tormenta un par de tardes y cientos de cambios de clase; me dediqué a buscar razones por las que no suicidarme en esos ojos tan hipnóticos y en lo inmenso de tu mente y tus palabras. Motivos por los que no prenderse con la lumbre de una rutina rebosante de vocación y oculta sabiduría; de un corazón quizás impermeable, de un instinto con apagado automático ante la voluntad preestablecida. No hallé más que la sombra de la soledad y el miedo. Pero tus ojos eran tan inmensamente hipnóticos y 
tu mente y 
tus palabras.
Entonces recordé que "este pedazo de tiempo no significa nada si no se tiembla", y me dio por armar una nube que no tardó en preñarse de lluvia y no me importó calarme de ti hasta los huesos.
Ya debes saber que hablo demasiado para ser un animal tan subterráneo, que me visto de palabras contra el miedo. Sé de ti más de lo que debería y menos de lo que permite ese halo de oportuno misterio que parece evaporarse a dos centímetros de tus ojos. Sé también que cada vez que me sonríes te conviertes en la encarnación de mis desórdenes pendientes. Quisiera ser capaz de guardarte en silencio y simplemente pensar qué guapo estás, qué bien te queda la chupa y qué bien combina con tus ojeras de profe orgulloso.
Pero me ha tocado decidir que me quedo un rato a vivirte, que me queda papel para fumarme tu bendito cinismo si se nos agota el diluvio o las fuerzas para remar contracorriente. Me da rabia saber que sabes que me estoy pintando de valiente para atreverme a cantarte algún día un si tú me dices ven, un sé que esto puede acabar en catarsis pero ven a ordenarme si te atreves.




jueves, 9 de abril de 2015

Vibran los segundos al borde de mis párpados, cristalizo en los semáforos de Ronda de Valencia, regalo marranadas a los taxistas de Atocha mientras Julia araña la puerta del coche como mis niños los minutos del recreo. La mañana huele a pompas de sudor púber y plastidécor, a los besos a saldo en el pasillo de 2º B. 
La tarde resbala y rumia una imparable lesión cervical y el tema 45, lírica culta y lírica popular en el siglo XV, los cancioneros, Jorge Manrique, el romancero; el congreso de Semiosferas y la puta tesis y yo me cago en Fer y en sus promesas de que llegará un apocalipsis dorado al filo de la tercera Grand Cru.
Estrangulada por las 19.54 me sé ya incapaz de articular la vida. Y me brota el futuro como una roca de un charco de petróleo, asomándose hipnóticamente la certeza del dolor que prosigue a mi próximo naufragio. Me estalla la vida adulta a quemarropa, bajo unas nubes primíparas que se empeñan en repudiar la primavera.



martes, 25 de febrero de 2014

Fui feliz.



Verse en fotos con rastas, con el pelo corto, sin rímel, más gorda, dormida, borracha, fumada y ensetada paseando por un Ámsterdam naranja. Ver París por todas partes, ver fotos de mendigos en el metro. La Torre Eiffel de noche, al amanecer, desde arriba, desde abajo, del revés, entre las piernas, en la boca. Ver el Arco del Triunfo en exactas posiciones. Y Montmartre. Y la Ópera. Y el Louvre. Todas las salas del Louvre y del Orsay. El Sena y la luz que es verdad que tiene. 

Ver también la estación de Bastille, los cafés, Barbès, las trufas gigantes del Faubourg Saint-Germain. Ver el bar Liberté y las colillas de Fleur du Pays. El sabor del Fleur du Pays en la piel caramelo. Cada RER, cada calle, cada banco. Los guitarristas de las orillas del Sena. La certeza de saber que nunca volverás a ver a la rumana loca con la que lloras esa versión fácil de Stand by me. El campus cada domingo. La vida hecha píxel.

Ver el Mont-Saint-Michel sin gente. Saint-Malo en temporada baja. Los tobillos hinchados de Sara. Ver su sonrisa falsa de cada foto, arrepintiéndose de haberme seguido a la locura del invierno bretón.

Ver a Sara con el pelo corto, más gorda, dormida, fumada. Ver tazas y ceniceros en el suelo de goma gris. La mancha de pintauñas rojo de uno de tantos cigarros de dudas. Ver a Sara por todas partes. Ver a Sara llorando muchas veces. Verme a mí llorándole a Sara muchas veces. Ver a Sara con Sésar todavía. Verla por fin feliz y dejarla disfrutar. Ver las maletas de ida, las maletas de vuelta, a la negra que se ganó con la sonrisa más grande del mundo que la dejáramos copiar nuestro examen de Syntaxe espagnole.

Vernos cuando creíamos que el mundo se acababa en el aeropuerto. Vernos pequeñas, vernos lejanas, vernos olvidadas.

Escuchar la sintonía de la SNCF y sentir el frío en las manos una mañana de diciembre. Sentir en el brazo el pelo áspero del pedazo de negro con el que compartí asiento en el tren. Las rayas de su americana en mi mejilla, el olor intenso. Aquel beso sorpresa mientras me peinaba en la ventana del tren. La catedral de Köln. El puente enorme sobre el río. Un Danubio inmenso. Esa plataforma que no podías pasar cuando ensayaba la filarmónica. Ver una plaza con puestos de madera y tejaditos a dos aguas cubiertos de nieve. Oler los bretzels y el chocolate. Sentir en la boca el mejor kebab que probaré jamás.

Escuchar, volver a escuchar el sonido de llamada del Skype. Volver a escuchar el sonido de colgar del Skype.

Ver un mimo en la plaza de Lille, un barrio de casas de colores de un pueblo tan precioso que he olvidado su nombre. El paisaje templado de la estación de Orléans en la que Clément me dejó tan tirada que nos levantamos a la mañana siguiente sin que se hubiera atrevido a meterme mano. El vagón de un tren Amiens-París completamente vacío un domingo por la tarde.

Quizás es mejor ponerse la ropa y ocultar las cicatrices.

Quizás las cicatrices aún templen la piel.

Porque quizás, a pesar de todo,

fui feliz. 


Mejor siempre en boca de otros.

“La vida, como un comentario de otra cosa que no alcanzamos, y que está ahí al alcance del salto que no damos. 
La vida, un ballet sobre un tema histórico, una historia sobre un hecho vivido, un hecho vivido sobre un hecho real.  
La vida, fotografía del número, posesión en las tinieblas (¿mujer, monstruo?), la vida, proxeneta de la muerte, espléndida baraja, tarot de claves olvidadas que unas manos gotosas rebajan a un triste solitario.”

 Rayuela, de Julio Cortázar. Capítulo 104. 

lunes, 20 de enero de 2014

26

"Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos...
...y lo que llamamos amarnos fue quizá que yo estaba de pie delante de vos, con una flor amarilla en la mano, y vos sostenías dos velas verdes y el tiempo soplaba contra nuestras caras una lenta lluvia de renuncias y despedidas y tickets de metro. 
(...) No estábamos enamorados, hacíamos el amor con un virtuosismo desapegado y crítico, pero después caíamos en silencios terribles y la espuma de la cerveza se iba poniendo como estopa, se entibiaba y contraía mientras nos mirábamos y sentíamos que eso era el tiempo."

Trocitos de Rayuela, de Julio Cortázar.

Encontrarse. Aquí. Así. Ahora.





domingo, 8 de diciembre de 2013

Soneto a la puta lámpara del salón con la que, fruto más de la ebriedad que del despiste, nos vamos a abrir la crisma cualquier noche de sábado.

A Carlos y a Míguel.



Oh lámpara redonda que me dañas 

allá de donde vienen las ideas, 
esfera luminosa que rodeas

los átomos perfectos de estas almas; 



tú, óvalo eléctrico que arañas 

la droga con amor de las cabezas,

el funky sin locura de los petas,

el whisky que alimenta las migrañas; 



tú que mueres en las habitaciones, 

tú que vives en todas las botellas,

tú que iluminas nuestras juventudes, 



no dejes de rumiar desde tu altura

la cálida resaca que atesoras:
calla sólo cuando se mueran las cuerdas.





viernes, 6 de diciembre de 2013

N.O.L.A.


“...porque aquí abajo, en la ciudad del caos, 

somos siempre nuestro peor enemigo.”

Tremé, 1x07.


Ciudad en ruinas. Música hasta sacarte el corazón.

Realidad.

Maravilla.







sábado, 14 de septiembre de 2013

Septiembre.


"(...)

                                      Es tarde.
Uno escribe su vida en un poema,
analiza el amor
y se acostumbra
a seguir como está, junto a tu cuerpo
que quizá me recuerde todavía
desnudo entre las sábanas,

o las noches de lluvia nos confirman
que la vida, posiblemente hermosa,
no siempre es un asunto disponible
y que a veces resulta incluso mucha,
temible como ahora,
mientras que tengo miedo de besarte al azar.

Lo sé. Hemos sido extranjeros
hablándonos por señas demasiado cercanas,
ansiosos en las calles
de una nueva ciudad,
esperando tal vez que nos fotografíen
delante de este amor y de sus cicatrices,
eso que confundimos con nuestros sentimientos
o acaso
-en noches de locura-
con una sensación de humedad en los ojos.

Pero en pocas palabras se resumen
casi todos los días,
sus sílabas contadas en mis versos
y la felicidad.
Tibiamente los años
nos descubren
que nada existe ya sin tu sudor y el mío,
que somos todavía demasiado solemnes
cuando nos sorprendemos
temblando de pasión,
llenos de instinto mal disimulado.

Por eso, mientras llueve,
agradezco tu cuerpo entre las sábanas
y esta pasión desierta
de acariciar tus muslos,
más o menos extraños
y hermosos como un sueño
que acaba de llegar."




Luis García Montero, En los días de lluvia.





domingo, 7 de abril de 2013

Follar con amor


"Hasta para un partidario convencido, como yo, del sexo casual, del sexo por entretenimiento, del sexo por pasar el rato, del sexo como terapia antiestrés, del sexo por probar algo nuevo, del sexo por el sexo, del sexo por curiosidad, del sexo por aburrimiento, etcétera, está muy claro que no hay nada como el sexo con amor. No por amor, con amor.
Que te la chupen una rubia y una morena, o dos morenas (haciendo pausas para besarse apasionadamente, las benditas), o que te pongan un chocho en la cara mientras alguien, ¿quién será?, te la chupa, o ver correrse a La Giganta (de ese acontecimiento extraordinario les hablaré otro día), o pasearte por entre parejas que follan e ir metiéndole el pito en la boca a todas las mujeres a tu alcance. Qué duda cabe de que esas son experiencias supremas que recomiendo vivir a toda persona sensata antes de extinguirse.
Pero. Ninguna comparable a follar con amor. Follar amando a quien te follas. Hasta yo tengo que reconocer eso, sin titubear un segundo. Lo que no quiere decir que no sigamos deseando (y haciendo, cuando podemos) todo lo demás. Desear todo lo demás es lo más natural y lo más sano del mundo. Pero aquí hablo de gradaciones, y follar con alguien que amas está en lo más alto de la parte más meridiana del follar.
¿Por qué? Creo que es por un extra, por un algo que añade al follar eso que llamamos amor (y que, según los psicólogos evolutivos, es una mezcla de estrategias reproductivas y compatibilidades químicas de cierto tipo, entre un macho y una hembra de nuestra especie). Siguen presentes todos los placeres del acto, de la carne, de nuestra grandiosa red neuronal, y por supuesto está muy presente el universo ajeno a nuestro yo en el cerebro, que despliega en ese sublime momento todas las artimañas propias de la sopa eléctrica y química que somos.
Sin embargo, a pesar de sentir todas esas maravillas, tenemos la impresión de que hay algo más.
Que nadie pronuncie la palabra “espíritu” o “alma”. Ya sabemos que no existen, que son artefactos culturales de ficción. Han sido muy útiles al proceso de civilización, no lo negaremos, pero no son reales. Sin embargo, no cabe duda de que follar con amor es un fenómeno curioso y de difícil explicación. Al menos para mí. Uno está haciendo lo mismo que hace siempre (metiéndola, sacándola, chupando por aquí y por allá) pero sucede que siente una emoción, un debilitamiento, un abandono, un embeleso, un arrobamiento. Y quiere fundirse (la literatura aquí es inevitable) con la persona con la que folla. Quiere, de cierta manera, perderse, quiere no regresar. También desea, a veces, comerse a la otra persona, pero esa es otra historia.
Follar con amor es una sensación fantástica y extraña. No quiero ponerme romántico para no hacer el ridículo o falsear las cosas o magnificarlas o razonar mediante moldes, que es lo que pasa cuando nos ponemos románticos.
Sabemos, eso sí, que el cerebro nos inventa y que el cerebro nos engaña. Constantemente. Pero de una manera especial, creo, nos engaña en eso que llamamos amor. Todos hemos experimentado la deliciosa conmoción que produce el cerebro y que consiste en hacerte creer que todo lo que tiene que ver con una persona que acabas de conocer es maravilloso y que ya no puedes estar sin verla ni un momento. Todos hemos pasado por ahí. Y todos sabemos cuando pasa la engañifa de nuestro cerebro, nos rompemos la cabeza tratando de explicarnos ¡cómo nos hemos engañado tanto! Cómo hemos podido estar tan equivocados.
Pero no es culpa nuestra, naturalmente, es nuestro cerebro y en general nuestra sopa química, timándonos y manejándonos a su antojo. Es decir, según sus planes, que no necesariamente son los nuestros. Lo que llamamos “yo” no es más que una parcela diminuta en medio de la galaxia que es nuestro cerebro.
Según los científicos (Eagleman), eso que llamamos amor suele durar alrededor de tres años, antes de empezar su declive. Estamos programados “para perder el interés en una pareja sexual después de que haya pasado el tiempo necesario para criar un hijo, que es una media de cuatro años”.
No lo dudo. Pero.
Qué pasa cuando no se desvanece la engañifa y la engañifa se torna permanente. Cuando pasan los años (tres, cuatro, seis, diez o doce o veinte años) y sigues sin poder alejarte de la otra persona sin añorarla, cuando pasan los años y sigues pensando que su olor es el mejor perfume que existe, cuando pasan los años y sigues queriendo follar con esa persona por encima de todas las otras personas. (Ojo, no digo que no quieras follar con otras u otros, digo que si tienes que elegir siempre eliges a esa persona para follar por encima de cualquier otra). Qué pasa cuando pasan los años y sigues creyendo que sus ojos son los más bellos del mundo y su boca la más olorosa y su saliva un dulce jarabe y el sabor de su chocho superior, muy superior, a cualquier manjar imaginable.
Qué pasa. ¿Cómo se explica eso? La respuesta tiene que estar en nuestro cerebro, porque no hay nada fuera de nuestro cerebro. Lo sé.
Seguro que nuestro cerebro tiene capacidad para engañarnos permanentemente, a largo plazo. Bien. ¿Pero por qué lo hace? Ya no hay ninguna cría de la que ocuparse.
Bueno, me digo, cuando pienso en el asunto y no puedo llegar a una conclusión satisfactoria: ¡qué más da por qué lo hace nuestro cerebro, qué más da que el amor sea un invento suyo!
Eso. Qué más da.
Y pasan los años. Y llega una tarde de invierno, quince años después de haberte visto por primera vez. Y estamos en casa y me abrazas y dices:
—La vida es maravillosa cuando estoy contigo.
Y sigo sin saber por qué follar con amor es insuperable, e ignoro, claro está, por qué eso que llamamos amor, contra todo pronóstico, puede durar toda una vida. No obstante, sé que soy feliz cuando dices la vida es maravillosa cuando estoy contigo. Cualquier cosa que sea eso de ser feliz.
Y te beso. Y mi pequeño yo se regocija en las vastedades de mi gran cerebro."

Juan Abreu, "Follar con amor"

(...más de Jot Down Cultural Magazine, aquí)





viernes, 8 de marzo de 2013

De profundis



Si vais por la carrera del arrabal, apartaos, no os inficione mi 
pestilencia.
El dedo de mi Dios me ha señalado: odre de putrefacción quiso 
que fuera este mi cuerpo,
y una ramera de solicitaciones mi alma,
no una ramera fastuosa de las que hacen languidecer de amor
al príncipe,
sobre el cabezo del valle, en el palacete de verano, 
sino una loba del arrabal, acoceada por los trajinantes,
que ya ha olvidado las palabras de amor,
y sólo puede pedir unas monedas de cobre en la cantonada.
Yo soy la piltrafa que el tablajero arroja al perro del mendigo,
y el perro del mendigo arroja al muladar.
Pero desde la mina de las maldades, desde el pozo de la miseria,
mi corazón se ha levantado hasta mi Dios,
y le ha dicho: Oh Señor, tú que has hecho también la podredumbre,
mírame,
yo soy el orujo exprimido en el año de la mala cosecha,
yo soy el excremento del can sarnoso,
el zapato sin suela en el carnero del camposanto,
yo soy el montoncito de estiércol a medio hacer, que nadie
compra,


y donde casi ni escarban las gallinas.
Pero te amo,
pero te amo frenéticamente.
¡Déjame, déjame fermentar en tu amor,
deja que me pudra hasta la entraña,
que se me aniquilen hasta las últimas briznas de mi ser,
para que un día sea mantillo de tus huertos!



Dámaso Alonso, Hijos de la ira.



jueves, 31 de enero de 2013

Volver, I



Tienen dieciséis años como dieciséis soles, como los (más de) dieciséis cubatas con los que he prometido emborracharme si logro salir viva de estos meses de turista en la adolescencia.

No escuchan, algunos ni hablan. No atienden, no piensan, no les interesa nada. Quizás tenga que ver con que no puedo parar de sonreírles, de observar y sonreír con disimulo a mi yo del pasado, con la mirada fija en algún punto de la mesa del profe viéndome a mí misma como alumna con la mirada fija en algún punto de la mesa del profe. Aprendo ahora que un profe es sólo un alumno estirado en el tiempo.

Lo más curioso, lo más bonito quizás, es que todo sigue igual. Ahí siguen las mismas mesas verdes tatuadas de iniciales anónimas, cimientos del ensueño en clase de matemáticas. Corazones geométricos y letras anguladas, tus iniciales y las de ese tipo del fondo sur del aula, el más punki y más rastudo y más lleno de piercings, al que has conseguido hechizar con tus gafas de culo de vaso y tu firme personalidad de filóloga en ciernes. Si ni te mira el culo, piensas, y vuelves a la trigonometría inútil, agarrándote a la vocación, el ancla a la felicidad en tu mundo de plastilina. Idiota, me diría ahora, que soñar no es gratis, que seis años es demasiado por que el pasado te dé una hostia de las que dejan marca.

Porque seis años he tardado en volver y aquí todo sigue igual. Las pizarras siguen siendo esas verdes ventanas a la vergüenza y al miedo de que todo lo que hagas puede ser utilizado en tu contra. Todo sigue sucediendo en la pizarra y en su perímetro de inseguridad. En la pizarra se precisan las fantasías de las erecciones nocturnas, se recrean las desigualdades y se mascan las tragedias.

Y qué bonito es tener un huequito en esa realidad en miniatura, ser parte de la frontera de esos cuerpos crudos con sexo de menos y vida de más. Sí, eso es sin duda lo más bonito. Lo más bonito es pensar que no hace tanto.

Que no hace tanto.




lunes, 21 de enero de 2013





Convertirse o subvertirse en este año de mierda en que me resbala la pedagogía, en que hago de mis espinas un método de abstracción. Y es lo que hay.  Abdico de mi vida para entregarme a un mañana de luchas y deudas. Preveo salidas de tono. Procrastino con ganas y lo asumo como forma de vida. Perjuro el futuro en junio. 

Dedico mis exquisitos ratos libres a rellenar mi currículum como quien rellena un sudoku sucio de un vagón de metro. Y a un máster inservible. Se me  hace costra la madurez sobre la ropa de andar por casa. Me macero en literatura de serie B. Reboto en mis agujeros.

Así me han llegado los 25, fabricando un día a día con píxeles de un pasado mejor. En ocasiones rumio alguna versión urgente de mí misma. Entonces me siento infiel porque aquí permanezco, poniéndole los cuernos a mis sueños en esta ciudad que se me agrieta encima, en esta galería de los errores que emana farsa cervantina. En este lugar donde parece coagularse el futuro más allá de los tornos de la RENFE. En este lugar donde, paradójicamente, sólo me quedan

         palabras.






martes, 23 de octubre de 2012

Encargo


No me des tregua, no me perdones nunca.
Hostígame en la sangre, que cada cosa cruel sea tú que
vuelves.
¡No me dejes dormir, no me des paz!
Entonces ganaré mi reino,
naceré lentamente.
No me pierdas como una música fácil, no seas caricia ni
guante;
tállame como un sílex, desespérame.
Guarda tu amor humano, tu sonrisa, tu pelo. Dálos.
Ven a mí con tu cólera seca de fósforos y escamas.
Grita. Vomítame arena en la boca, rómpeme las fauces.
No me importa ignorarte en pleno día,
saber que juegas cara al sol y al hombre.
Compártelo.


Yo te pido la cruel ceremonia del tajo,
lo que nadie te pide: las espinas
hasta el hueso. Arráncame esta cara infame,
oblígame a gritar al fin mi verdadero nombre.



Julio Cortázar



martes, 24 de julio de 2012

6



Nunca escribo sobre ti porque no necesito inventarte. 

Nunca escribo sobre ti porque echaste el ancla en mis entrañas, y tu óxido me nutre y me envenena las tardes de domingo. Porque tu habitar agridulce en mi conciencia me hace ser cada vez mejor persona.

Nunca escribo sobre ti porque no dueles, pero te merecerías un idioma por cada vez que no me has dejado tener razón.

Nunca escribo sobre ti porque lo nuestro va más allá del cuerpo, y siempre que uno se da la vuelta a los bolsillos se hiere más de la cuenta. Porque estamos lejos del ensueño pornográfico de las 6 de la mañana. 

Nunca escribo sobre ti porque sigo pensando en devolverte. Pero aquí estás, por encima de toda sospecha y de toda la independencia con la que intento barnizarme. Por eso, quizás por eso nunca escribo sobre ti.

Sin embargo, hoy, que hace ya algún tiempo que te me instalaste dentro, te mereces algún trazo, y que intente sólo un rato quererte como nunca sabré.




lunes, 23 de julio de 2012

...y siempre el mismo verano


            "Alcalá sigue siendo igual.
            La misma ciudad nublada por la calima, adormilada perpetua, muerta por sobredosis de contaminación y de exaltación del opiáceo deporte rey. Ciudad de necios que se maceran en la piscina de la apariencia, que se limitan a repetir como magnetófonos oxidados por el sudor palabras vacías y sueños copiados de revista del corazón.
            La misma parsimonia intelectual de los sectores juveniles adjetivados “alternativos” más por diferenciación de costumbres del lumpen de barrio bajo que por propuesta de una verdadera realidad paralela.
            La misma gente que permanece, los mismos culturetas ofuscados en aprender de memoria nombres y más nombres de otros que fueron realmente distintos y a los que, por pura mediocridad innata, jamás sabrán apreciar. Gente que desconoce los sentidos de las palabras porque permanecen en ese submundo de la cultura recíproca, que contaminan en sus insustanciales tertulias de desatino pedante.
          Los mismos amigos, en el mismo imperecedero punto de inflexión, con las quejas pegadas a los labios y los gestos de huraña marioneta. Con los mismos proyectos erosionados por el roce, por el roce que no ha hecho el cariño sino el desgaste por imposible de unas ilusiones que en realidad nunca lo fueron.
          El mismo ten con ten con la autoridad materna, la misma independencia que ha sido tal desde siempre: negada y renegada sólo como autoafirmación de un poder virtual y de un intento de amistad intergeneracional imposible.
          El mismo aire saturado de la misma habitación, agitando los recuerdos perdidos entre un intento bastante acertado de la música lingüística gabacha.


         El mismo ventilador, que vuela los recuerdos de papel por la ventana."


                 Hallazgo de algo de hace dos años. Andaba por entonces recién llegada de París. Lástima comprobar lo poco ha cambiado todo.




martes, 10 de julio de 2012

Lencería



Me hago mayor y me hago mujer, yo que siempre llegué tarde a todo. También a mirarme en el espejo, a hacerme la raya, a ponerme tacones, a que me importara el vello.

A mis 24 he encontrado en la lencería una pasión secreta. Tengo un cajón lleno de ropa interior que desequilibra un poco el precio al que cobro las clases particulares. Resultó que un día fue mayo y reparé en que necesitaba tirantes nuevos para mis clavículas recién nacidas (de pronto me faltan 8 kilos y he debido parir otros huesos). Pero me di cuenta de que en realidad había gastado dinero para mirarme en el espejo y admirar con asombro mis pezones bajo una delicada tela transparente, mi pubis conjuntado con mis pezones, la forma que daban a mis nalgas poco más que dos hilos sobre mis caderas.

Desde entonces, en días como hoy, donde las letras no forman la palabra justa, donde todo está seco, me quito la sucia tristeza de la ropa de andar por casa, me pinto las uñas, y me admiro en mi nueva redondez, la que me da ha dado la poca edad de la que puedo presumir todavía. Y me regodeo frente al espejo en la dicha de que tengo tiempo, y no estrías.


     No me miren así. No busco la absolución. Esto no es vanidad. Es una forma más de masturbación, como otra cualquiera.








domingo, 10 de junio de 2012

Orgullo




No te emociones. Porque a veces, sólo a veces, asumo que te quiero. 




"In sensual time", de Carsten Witte 


miércoles, 25 de abril de 2012

Anadiplosis

Te quiero porque me quieres, porque quiero que no dejes de quererme aunque quiera que a veces me quieras sin querer. Porque eso es querer, querer sin querer. Y es bonito querer, joder. 

Por eso, entre otras cosas, te debo las consecuencias de un tequila sobre mi ombligo.