domingo, 7 de abril de 2013

Follar con amor


"Hasta para un partidario convencido, como yo, del sexo casual, del sexo por entretenimiento, del sexo por pasar el rato, del sexo como terapia antiestrés, del sexo por probar algo nuevo, del sexo por el sexo, del sexo por curiosidad, del sexo por aburrimiento, etcétera, está muy claro que no hay nada como el sexo con amor. No por amor, con amor.
Que te la chupen una rubia y una morena, o dos morenas (haciendo pausas para besarse apasionadamente, las benditas), o que te pongan un chocho en la cara mientras alguien, ¿quién será?, te la chupa, o ver correrse a La Giganta (de ese acontecimiento extraordinario les hablaré otro día), o pasearte por entre parejas que follan e ir metiéndole el pito en la boca a todas las mujeres a tu alcance. Qué duda cabe de que esas son experiencias supremas que recomiendo vivir a toda persona sensata antes de extinguirse.
Pero. Ninguna comparable a follar con amor. Follar amando a quien te follas. Hasta yo tengo que reconocer eso, sin titubear un segundo. Lo que no quiere decir que no sigamos deseando (y haciendo, cuando podemos) todo lo demás. Desear todo lo demás es lo más natural y lo más sano del mundo. Pero aquí hablo de gradaciones, y follar con alguien que amas está en lo más alto de la parte más meridiana del follar.
¿Por qué? Creo que es por un extra, por un algo que añade al follar eso que llamamos amor (y que, según los psicólogos evolutivos, es una mezcla de estrategias reproductivas y compatibilidades químicas de cierto tipo, entre un macho y una hembra de nuestra especie). Siguen presentes todos los placeres del acto, de la carne, de nuestra grandiosa red neuronal, y por supuesto está muy presente el universo ajeno a nuestro yo en el cerebro, que despliega en ese sublime momento todas las artimañas propias de la sopa eléctrica y química que somos.
Sin embargo, a pesar de sentir todas esas maravillas, tenemos la impresión de que hay algo más.
Que nadie pronuncie la palabra “espíritu” o “alma”. Ya sabemos que no existen, que son artefactos culturales de ficción. Han sido muy útiles al proceso de civilización, no lo negaremos, pero no son reales. Sin embargo, no cabe duda de que follar con amor es un fenómeno curioso y de difícil explicación. Al menos para mí. Uno está haciendo lo mismo que hace siempre (metiéndola, sacándola, chupando por aquí y por allá) pero sucede que siente una emoción, un debilitamiento, un abandono, un embeleso, un arrobamiento. Y quiere fundirse (la literatura aquí es inevitable) con la persona con la que folla. Quiere, de cierta manera, perderse, quiere no regresar. También desea, a veces, comerse a la otra persona, pero esa es otra historia.
Follar con amor es una sensación fantástica y extraña. No quiero ponerme romántico para no hacer el ridículo o falsear las cosas o magnificarlas o razonar mediante moldes, que es lo que pasa cuando nos ponemos románticos.
Sabemos, eso sí, que el cerebro nos inventa y que el cerebro nos engaña. Constantemente. Pero de una manera especial, creo, nos engaña en eso que llamamos amor. Todos hemos experimentado la deliciosa conmoción que produce el cerebro y que consiste en hacerte creer que todo lo que tiene que ver con una persona que acabas de conocer es maravilloso y que ya no puedes estar sin verla ni un momento. Todos hemos pasado por ahí. Y todos sabemos cuando pasa la engañifa de nuestro cerebro, nos rompemos la cabeza tratando de explicarnos ¡cómo nos hemos engañado tanto! Cómo hemos podido estar tan equivocados.
Pero no es culpa nuestra, naturalmente, es nuestro cerebro y en general nuestra sopa química, timándonos y manejándonos a su antojo. Es decir, según sus planes, que no necesariamente son los nuestros. Lo que llamamos “yo” no es más que una parcela diminuta en medio de la galaxia que es nuestro cerebro.
Según los científicos (Eagleman), eso que llamamos amor suele durar alrededor de tres años, antes de empezar su declive. Estamos programados “para perder el interés en una pareja sexual después de que haya pasado el tiempo necesario para criar un hijo, que es una media de cuatro años”.
No lo dudo. Pero.
Qué pasa cuando no se desvanece la engañifa y la engañifa se torna permanente. Cuando pasan los años (tres, cuatro, seis, diez o doce o veinte años) y sigues sin poder alejarte de la otra persona sin añorarla, cuando pasan los años y sigues pensando que su olor es el mejor perfume que existe, cuando pasan los años y sigues queriendo follar con esa persona por encima de todas las otras personas. (Ojo, no digo que no quieras follar con otras u otros, digo que si tienes que elegir siempre eliges a esa persona para follar por encima de cualquier otra). Qué pasa cuando pasan los años y sigues creyendo que sus ojos son los más bellos del mundo y su boca la más olorosa y su saliva un dulce jarabe y el sabor de su chocho superior, muy superior, a cualquier manjar imaginable.
Qué pasa. ¿Cómo se explica eso? La respuesta tiene que estar en nuestro cerebro, porque no hay nada fuera de nuestro cerebro. Lo sé.
Seguro que nuestro cerebro tiene capacidad para engañarnos permanentemente, a largo plazo. Bien. ¿Pero por qué lo hace? Ya no hay ninguna cría de la que ocuparse.
Bueno, me digo, cuando pienso en el asunto y no puedo llegar a una conclusión satisfactoria: ¡qué más da por qué lo hace nuestro cerebro, qué más da que el amor sea un invento suyo!
Eso. Qué más da.
Y pasan los años. Y llega una tarde de invierno, quince años después de haberte visto por primera vez. Y estamos en casa y me abrazas y dices:
—La vida es maravillosa cuando estoy contigo.
Y sigo sin saber por qué follar con amor es insuperable, e ignoro, claro está, por qué eso que llamamos amor, contra todo pronóstico, puede durar toda una vida. No obstante, sé que soy feliz cuando dices la vida es maravillosa cuando estoy contigo. Cualquier cosa que sea eso de ser feliz.
Y te beso. Y mi pequeño yo se regocija en las vastedades de mi gran cerebro."

Juan Abreu, "Follar con amor"

(...más de Jot Down Cultural Magazine, aquí)





viernes, 8 de marzo de 2013

De profundis



Si vais por la carrera del arrabal, apartaos, no os inficione mi 
pestilencia.
El dedo de mi Dios me ha señalado: odre de putrefacción quiso 
que fuera este mi cuerpo,
y una ramera de solicitaciones mi alma,
no una ramera fastuosa de las que hacen languidecer de amor
al príncipe,
sobre el cabezo del valle, en el palacete de verano, 
sino una loba del arrabal, acoceada por los trajinantes,
que ya ha olvidado las palabras de amor,
y sólo puede pedir unas monedas de cobre en la cantonada.
Yo soy la piltrafa que el tablajero arroja al perro del mendigo,
y el perro del mendigo arroja al muladar.
Pero desde la mina de las maldades, desde el pozo de la miseria,
mi corazón se ha levantado hasta mi Dios,
y le ha dicho: Oh Señor, tú que has hecho también la podredumbre,
mírame,
yo soy el orujo exprimido en el año de la mala cosecha,
yo soy el excremento del can sarnoso,
el zapato sin suela en el carnero del camposanto,
yo soy el montoncito de estiércol a medio hacer, que nadie
compra,


y donde casi ni escarban las gallinas.
Pero te amo,
pero te amo frenéticamente.
¡Déjame, déjame fermentar en tu amor,
deja que me pudra hasta la entraña,
que se me aniquilen hasta las últimas briznas de mi ser,
para que un día sea mantillo de tus huertos!



Dámaso Alonso, Hijos de la ira.



miércoles, 27 de febrero de 2013

La primera persona


" (...) Ahórrate esfuerzos, toda la literatura del mundo está en primera persona, incluido el manual de la autoescuela. Amor mío, ¿para qué quieres un pronombre si ya tienes un nombre? La primera persona es estar vivo y los otros son siempre los muertos (sí, ya lo dijo Amenábar haciéndose aire con un número de Rufus). Cielo, sujétame la muleta que te voy a contar. Creo que sigo vivo, pero eso es lo de menos. ¿Has leído cosas de las Cruzadas? Pues yo vengo de antes. Vengo de cuando en los kioscos había libros de bolsillo y tebeos baratos. Vivía en un país que no era más grande que un parque con un chaval pinchándose en un banco. Es muy complicado ir todos los días al parque sin caerse del columpio. Es imposible que un héroe no encuentre a su heroína. Entonces todo el mundo era muy pobre, igual que ahora (por eso tú y yo nos queremos tanto). La gente era tan pobre que lo único que tenía era la primera persona. Cuando íbamos al colegio y la maestra nos daba la gramática nos decía: “los pronombres; bah, los pronombres, eso son cosas de ricos.(...) ”

Javier Pérez Andújar, La primera persona. 


Esta y otras delicias en El Butano Popular









viernes, 8 de febrero de 2013

SaliMos

NOTA DE PRENSA DE LA COORDINADORA LA COMPLU EN LA CALLE:

LA UNIVERSIDAD MADRILEÑA SALDRÁ A LA CALLE EL PRÓXIMO 9 DE MARZO.

EL SÁBADO 9 DE MARZO CIENTOS DE PROFESORES DE TODAS LAS UNIVERSIDADES PÚBLICAS MADRILEÑAS, MÁS UNED Y CSIC, SALDRÁN A LA CALLE A IMPARTIR CLASES PARA REIVINDICAR SU LABOR COMO DOCENTES E INVESTIGADORES Y PARA PROTESTAR CONTRA LOS RECORTES EN DOCENCIA E INVESTIGACIÓN, LA SUBIDA DE TASAS Y LA PRIVATIZACIÓN DE LA UNIVERSIDAD PÚBLICA.

LA ACCIÓN SERÁ ORGANIZADA POR COORDINADORAS EN CADA UNA DE LAS UNIVERSIDADES, AGRUPADAS A SU VEZ EN UNA COORDINADORA CENTRAL, “LA UNI EN LA CALLE”.

EN UNA PRIMERA ESTIMACIÓN, SE CALCULA QUE AL MENOS 400 PROFESORES IMPARTIRÁN CLASE EN LA CALLE Y EN OTROS ESPACIOS ABIERTOS AL PÚBLICO DE TODA LA COMUNIDAD AUTÓNOMA DE MADRID.



Seguiremos informando.




jueves, 31 de enero de 2013

Volver, I



Tienen dieciséis años como dieciséis soles, como los (más de) dieciséis cubatas con los que he prometido emborracharme si logro salir viva de estos meses de turista en la adolescencia.

No escuchan, algunos ni hablan. No atienden, no piensan, no les interesa nada. Quizás tenga que ver con que no puedo parar de sonreírles, de observar y sonreír con disimulo a mi yo del pasado, con la mirada fija en algún punto de la mesa del profe viéndome a mí misma como alumna con la mirada fija en algún punto de la mesa del profe. Aprendo ahora que un profe es sólo un alumno estirado en el tiempo.

Lo más curioso, lo más bonito quizás, es que todo sigue igual. Ahí siguen las mismas mesas verdes tatuadas de iniciales anónimas, cimientos del ensueño en clase de matemáticas. Corazones geométricos y letras anguladas, tus iniciales y las de ese tipo del fondo sur del aula, el más punki y más rastudo y más lleno de piercings, al que has conseguido hechizar con tus gafas de culo de vaso y tu firme personalidad de filóloga en ciernes. Si ni te mira el culo, piensas, y vuelves a la trigonometría inútil, agarrándote a la vocación, el ancla a la felicidad en tu mundo de plastilina. Idiota, me diría ahora, que soñar no es gratis, que seis años es demasiado por que el pasado te dé una hostia de las que dejan marca.

Porque seis años he tardado en volver y aquí todo sigue igual. Las pizarras siguen siendo esas verdes ventanas a la vergüenza y al miedo de que todo lo que hagas puede ser utilizado en tu contra. Todo sigue sucediendo en la pizarra y en su perímetro de inseguridad. En la pizarra se precisan las fantasías de las erecciones nocturnas, se recrean las desigualdades y se mascan las tragedias.

Y qué bonito es tener un huequito en esa realidad en miniatura, ser parte de la frontera de esos cuerpos crudos con sexo de menos y vida de más. Sí, eso es sin duda lo más bonito. Lo más bonito es pensar que no hace tanto.

Que no hace tanto.