Abraham Arturo (aka. Artes). De uso y disfrute todos los domingos en la RootsJam del Marula café (la Latina). |
domingo, 25 de enero de 2015
A mi edad.
jueves, 2 de octubre de 2014
domingo, 16 de marzo de 2014
In sha'a Allah
Sólo sabía que se llamaba Hassan y que
tenía los ojos muy oscuros. Los mismos ojos, la misma piel tostada, los mismos
rizos diminutos que aquel tipo argelino que me besó enfrente del café Liberté,
una tarde con el mismo sol de esta falsa primavera. Por eso cuando esos ojos se
me clavaron encima vivieron en mis horas siguientes como si hubieran vuelto a
bendecirme. No paré hasta terminar de volverme loca y tenerlos encima de una
cerveza, con el alma chorreando de culpa.
Supe que Hassan es de Marruecos y terminé
por darme cuenta entonces de que la vida me está chivando algo al oído que
estoy ignorando quizás a propósito. Hassan tiene los ojos muy oscuros pero yo el
corazón en tránsito y la vida entre paréntesis, pendiente de vacaciones y de
revisión profunda. No puedo aún adivinar si es el sur el que me roba el alma o
soy yo la que necesito dejarme robar, ahogarme en la arena donde siempre
termino por hundirme al olor de la canela, al sonido de la lengua jeroglífica que
acuchilla mi serenidad.
Sólo sé que se llama Hassan y que tiene
los ojos de los buenos amantes: los que alimentan el limbo de mis miedos más
secretos con la ilusión de las historias imposibles.
martes, 25 de febrero de 2014
Fui feliz.
Verse en fotos con rastas, con el pelo corto, sin rímel, más gorda, dormida, borracha, fumada y ensetada paseando por un Ámsterdam naranja. Ver
París por todas partes, ver fotos de mendigos en el metro. La Torre Eiffel de
noche, al amanecer, desde arriba, desde abajo, del revés, entre las piernas, en
la boca. Ver el Arco del Triunfo en exactas posiciones. Y Montmartre. Y la Ópera. Y el Louvre. Todas las salas del Louvre y del Orsay. El Sena y la luz que es verdad que tiene.
Ver también la estación de Bastille, los cafés, Barbès, las
trufas gigantes del Faubourg Saint-Germain. Ver el bar Liberté y las colillas
de Fleur du Pays. El sabor del Fleur du Pays en la piel caramelo. Cada RER, cada calle, cada banco. Los guitarristas de las orillas del Sena. La certeza de saber que nunca volverás a ver a la rumana loca con la que lloras esa versión fácil de Stand by me. El campus cada domingo. La vida hecha píxel.
Ver el Mont-Saint-Michel sin gente. Saint-Malo en temporada
baja. Los tobillos hinchados de Sara. Ver su sonrisa falsa de cada
foto, arrepintiéndose de haberme seguido a la locura del invierno bretón.
Ver a Sara con el pelo corto, más gorda, dormida, fumada.
Ver tazas y ceniceros en el suelo de goma gris. La mancha de pintauñas rojo de uno de tantos cigarros de dudas. Ver a Sara por todas
partes. Ver a Sara llorando muchas veces. Verme a mí llorándole a Sara muchas veces. Ver a Sara con Sésar todavía.
Verla por fin feliz y dejarla disfrutar. Ver las maletas de ida, las maletas de
vuelta, a la negra que se ganó con la sonrisa más grande del mundo que la dejáramos copiar nuestro examen de Syntaxe espagnole.
Vernos cuando creíamos que el mundo se acababa en el aeropuerto.
Vernos pequeñas, vernos lejanas, vernos olvidadas.
Escuchar la sintonía de la SNCF y sentir el frío en las
manos una mañana de diciembre. Sentir en el brazo el pelo áspero del pedazo de negro con el
que compartí asiento en el tren. Las rayas de su americana en mi mejilla, el olor intenso. Aquel beso sorpresa mientras me peinaba en la ventana del tren. La catedral de Köln. El puente
enorme sobre el río. Un Danubio inmenso. Esa plataforma que no podías pasar
cuando ensayaba la filarmónica. Ver una plaza con puestos de madera y tejaditos
a dos aguas cubiertos de nieve. Oler los bretzels y el chocolate. Sentir en la
boca el mejor kebab que probaré jamás.
Escuchar, volver a escuchar el sonido de llamada del Skype.
Volver a escuchar el sonido de colgar del Skype.
Ver un mimo en la plaza de Lille, un barrio de casas de colores de un pueblo tan precioso que he olvidado su nombre. El paisaje templado de la estación de Orléans en la que Clément me dejó tan tirada que nos levantamos a la mañana siguiente sin que se hubiera atrevido a meterme mano. El vagón de un
tren Amiens-París completamente vacío un domingo por la tarde.
Quizás es mejor ponerse la ropa y ocultar las cicatrices.
Quizás las cicatrices aún templen la piel.
Porque quizás, a pesar de todo,
fui feliz.
Mejor siempre en boca de otros.
“La vida, como un comentario de otra cosa que no alcanzamos, y que está ahí al alcance del salto que no damos.
La vida, un ballet sobre un tema histórico, una historia sobre un hecho vivido, un hecho vivido sobre un hecho real.
La vida, fotografía del número, posesión en las tinieblas (¿mujer, monstruo?), la vida, proxeneta de la muerte, espléndida baraja, tarot de claves olvidadas que unas manos gotosas rebajan a un triste solitario.”
Rayuela, de Julio Cortázar. Capítulo 104.
lunes, 20 de enero de 2014
26
"Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos...
...y lo que llamamos amarnos fue quizá que yo estaba de pie delante de vos, con una flor amarilla en la mano, y vos sostenías dos velas verdes y el tiempo soplaba contra nuestras caras una lenta lluvia de renuncias y despedidas y tickets de metro.
(...) No estábamos enamorados, hacíamos el amor con un virtuosismo desapegado y crítico, pero después caíamos en silencios terribles y la espuma de la cerveza se iba poniendo como estopa, se entibiaba y contraía mientras nos mirábamos y sentíamos que eso era el tiempo."
Trocitos de Rayuela, de Julio Cortázar.
Encontrarse. Aquí. Así. Ahora.
domingo, 8 de diciembre de 2013
Soneto a la puta lámpara del salón con la que, fruto más de la ebriedad que del despiste, nos vamos a abrir la crisma cualquier noche de sábado.
A Carlos y a Míguel.
Oh lámpara redonda
que me dañas
allá de donde vienen
las ideas,
esfera luminosa que
rodeas
los átomos perfectos
de estas almas;
tú, óvalo eléctrico
que arañas
la droga con amor de
las cabezas,
el funky sin locura
de los petas,
el whisky que
alimenta las migrañas;
tú que mueres en las
habitaciones,
tú que vives en todas
las botellas,
tú que iluminas
nuestras juventudes,
no dejes de rumiar
desde tu altura
la cálida resaca que
atesoras:
calla sólo cuando se
mueran las cuerdas.
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