miércoles, 8 de abril de 2015

Reestreno


Pudiera ser
que aquí llegara yo
--en todo mi teatro--
con el libro indeciso de los gestos
que la noche nos busca
y la tranquilidad
de ser desconocidos
entre focos que alumbran
esta ciencia ficción de nuestra vida.

Pudiera ser
que aquí llegara hoy
sin creerme la historia que aprendimos
y trajera delirios
o canciones antiguas,
caballos de cartón
para seguirte, periódicos y anuncios
donde buscar tu nombre.
Pudiera ser también que nos extrañe
la ilusión que supuso saber desconocernos,
hasta llegar aquí,
fingidos en la voz, desdibujados,
como suenan los pasos de la soledad
en los cines vacíos de reestreno.

Sólo busco esta noche
lo que tus ojos buscan
cuando el placer nos cerca,
sólo entiendo el asedio de tus brazos
que no tienen pasado,
aunque tus cuerpos son
el escenario
donde mis manos miran la soledad perdida,

y hoy
todo sigue encendido como entonces,
por que sólo nos queda
                                  salir a saludar.

Crucemos los papeles que nos llevan
a la orilla del gozo y la ginebra,
sembremos con carteles nuestra piel
anunciando el horario
y las funciones,
el precio de la vida y sus manías,
los límites precisos de la escena.

Este mundo no es sueño como dicen
figuras de papel,
caballos de cartón desdibujados.

            
                                                                          Luis García Montero

martes, 27 de enero de 2015

Köln, jazmines podridos.


    "El tiempo como destellos brillantes, como un perpetuo pestañeo. Vivir bajo el eterno efecto de abrir los párpados y que todo haya cambiado.
     De repente he abierto los ojos y estaba aquí, en mayo, extenuada por los efectos del trepidante ritmo latino que templa la habitación de al lado. No hacía mucho que mis ojos se habían cerrado por última vez en una fría madrugada de principios de diciembre, cuando caí en la cama agotada por el alcohol y el peso de mi locura transitoria. Dormí dos horas, me levanté aún ebria. Me tomé un café sentada sobre la maleta, sintiendo el agua sucia y caliente elevando la temperatura de mi estómago arrugado. Era, probablemente, la mañana más fría que he tenido el gusto de disfrutar en París.
     No recuerdo cuántas veces escuché la sintonía hipnótica de la SNCF durante aquellas dos horas, mientras lidiaba contra el sueño en la gélida gare de Saint Lazare. Porque aquel fin de semana fue eso, un sueño, un delirio. Sigo creyendo que ese tren me llevó a un universo paralelo donde el invierno se transformó un rato en una primavera tibia y oscura. El tiempo fue una bruma sin sentido desde que sentí el olor húmedo de tu sudadera hasta que se fundió en el cristal del tren el vapor en el que me regalaste un par de palabras.
     Y llegué a aquella casa, a aquella cama infinita donde no logramos encontrarnos. Y por fin, la paz. Me envolví en la funda nórdica como el regalo de unas navidades pasadas. Sólo desperté para volver a caer en el dulce sueño de tus palabras. Nos contamos un cuento y nos volvimos a dormir.
    Dormida pero despierta, bajo la suave diagonal del tejado, me deslicé por ese sábado como por todos los que estaban por venir. Sobreviví sin beber agua, drogada por la conversación amable y el intercambio sin prisas de momentos de nuestro pasado infeliz, frase a frase, verso a verso, capítulo a capítulo de otros veintipocos como los míos. Me ataste a ti desde dentro, de una manera hábil y sigilosa, en un silencio sólo alterado por el crujir del edredón. Me anudaste el corazón dejando un hilo hacia afuera, sacándome por la boca un colgajo sentimental aún indefinido. Quiero pensar que está atado a ti con firmeza, que sigue conectándonos aún hoy, aún a nuestra manera.
     Y luego volví a París, y de pronto fue invierno, y de repente las mariposas ni habían sido siquiera gusanos de seda. Y las palabras quedaron enterradas bajo la nieve, y los cuentos se quemaron al amor de la chimenea.

     Sólo quedó un manojo dobles sentidos brotando de entre la mala hierba de los recuerdos. De entre esos hierbajos que crecen en la primavera de verdad, de los que brotan sin querer unas flores violetas que siempre resultan ser las más hermosas del prado."

París, mayo de 2010.
Documentos sorpresa en una tarde gris de olor a flor violeta. 

lunes, 26 de enero de 2015

Otras veces


Quisiera estar en otra parte,

mejor en otra piel,

y averiguar si desde allí la vida,

por las ventanas de otros ojos,

se ve así de grotesca algunas tardes.


Me gustaría mucho conocer

el efecto abrasivo del tiempo en otras vísceras,

comprobar si el pasado

impregna los tejidos del mismo zumo acre,

si todos los recuerdos en todas las memorias

desprenden este olor
 a fruta madura mustia y a jazmín podrido.


Desearía mirarme

con las pupilas duras de aquel que más me odia,

para que así el desprecio

destruya los despojos


de todo lo que nunca enterrará el olvido.

Ángel González
(...que en las tardes que me huyen parece sangrarme).

domingo, 25 de enero de 2015

A mi edad.


Abraham Arturo
(aka. Artes).
De uso y disfrute todos los domingos en la RootsJam del Marula café (la Latina).



domingo, 16 de marzo de 2014

In sha'a Allah



Sólo sabía que se llamaba Hassan y que tenía los ojos muy oscuros. Los mismos ojos, la misma piel tostada, los mismos rizos diminutos que aquel tipo argelino que me besó enfrente del café Liberté, una tarde con el mismo sol de esta falsa primavera. Por eso cuando esos ojos se me clavaron encima vivieron en mis horas siguientes como si hubieran vuelto a bendecirme. No paré hasta terminar de volverme loca y tenerlos encima de una cerveza, con el alma chorreando de culpa. 
Supe que Hassan es de Marruecos y terminé por darme cuenta entonces de que la vida me está chivando algo al oído que estoy ignorando quizás a propósito. Hassan tiene los ojos muy oscuros pero yo el corazón en tránsito y la vida entre paréntesis, pendiente de vacaciones y de revisión profunda. No puedo aún adivinar si es el sur el que me roba el alma o soy yo la que necesito dejarme robar, ahogarme en la arena donde siempre termino por hundirme al olor de la canela, al sonido de la lengua jeroglífica que acuchilla mi serenidad.
Sólo sé que se llama Hassan y que tiene los ojos de los buenos amantes: los que alimentan el limbo de mis miedos más secretos con la ilusión de las historias imposibles.



martes, 25 de febrero de 2014

Fui feliz.



Verse en fotos con rastas, con el pelo corto, sin rímel, más gorda, dormida, borracha, fumada y ensetada paseando por un Ámsterdam naranja. Ver París por todas partes, ver fotos de mendigos en el metro. La Torre Eiffel de noche, al amanecer, desde arriba, desde abajo, del revés, entre las piernas, en la boca. Ver el Arco del Triunfo en exactas posiciones. Y Montmartre. Y la Ópera. Y el Louvre. Todas las salas del Louvre y del Orsay. El Sena y la luz que es verdad que tiene. 

Ver también la estación de Bastille, los cafés, Barbès, las trufas gigantes del Faubourg Saint-Germain. Ver el bar Liberté y las colillas de Fleur du Pays. El sabor del Fleur du Pays en la piel caramelo. Cada RER, cada calle, cada banco. Los guitarristas de las orillas del Sena. La certeza de saber que nunca volverás a ver a la rumana loca con la que lloras esa versión fácil de Stand by me. El campus cada domingo. La vida hecha píxel.

Ver el Mont-Saint-Michel sin gente. Saint-Malo en temporada baja. Los tobillos hinchados de Sara. Ver su sonrisa falsa de cada foto, arrepintiéndose de haberme seguido a la locura del invierno bretón.

Ver a Sara con el pelo corto, más gorda, dormida, fumada. Ver tazas y ceniceros en el suelo de goma gris. La mancha de pintauñas rojo de uno de tantos cigarros de dudas. Ver a Sara por todas partes. Ver a Sara llorando muchas veces. Verme a mí llorándole a Sara muchas veces. Ver a Sara con Sésar todavía. Verla por fin feliz y dejarla disfrutar. Ver las maletas de ida, las maletas de vuelta, a la negra que se ganó con la sonrisa más grande del mundo que la dejáramos copiar nuestro examen de Syntaxe espagnole.

Vernos cuando creíamos que el mundo se acababa en el aeropuerto. Vernos pequeñas, vernos lejanas, vernos olvidadas.

Escuchar la sintonía de la SNCF y sentir el frío en las manos una mañana de diciembre. Sentir en el brazo el pelo áspero del pedazo de negro con el que compartí asiento en el tren. Las rayas de su americana en mi mejilla, el olor intenso. Aquel beso sorpresa mientras me peinaba en la ventana del tren. La catedral de Köln. El puente enorme sobre el río. Un Danubio inmenso. Esa plataforma que no podías pasar cuando ensayaba la filarmónica. Ver una plaza con puestos de madera y tejaditos a dos aguas cubiertos de nieve. Oler los bretzels y el chocolate. Sentir en la boca el mejor kebab que probaré jamás.

Escuchar, volver a escuchar el sonido de llamada del Skype. Volver a escuchar el sonido de colgar del Skype.

Ver un mimo en la plaza de Lille, un barrio de casas de colores de un pueblo tan precioso que he olvidado su nombre. El paisaje templado de la estación de Orléans en la que Clément me dejó tan tirada que nos levantamos a la mañana siguiente sin que se hubiera atrevido a meterme mano. El vagón de un tren Amiens-París completamente vacío un domingo por la tarde.

Quizás es mejor ponerse la ropa y ocultar las cicatrices.

Quizás las cicatrices aún templen la piel.

Porque quizás, a pesar de todo,

fui feliz.