jueves, 9 de abril de 2015

Vibran los segundos al borde de mis párpados, cristalizo en los semáforos de Ronda de Valencia, regalo marranadas a los taxistas de Atocha mientras Julia araña la puerta del coche como mis niños los minutos del recreo. La mañana huele a pompas de sudor púber y plastidécor, a los besos a saldo en el pasillo de 2º B. 
La tarde resbala y rumia una imparable lesión cervical y el tema 45, lírica culta y lírica popular en el siglo XV, los cancioneros, Jorge Manrique, el romancero; el congreso de Semiosferas y la puta tesis y yo me cago en Fer y en sus promesas de que llegará un apocalipsis dorado al filo de la tercera Grand Cru.
Estrangulada por las 19.54 me sé ya incapaz de articular la vida. Y me brota el futuro como una roca de un charco de petróleo, asomándose hipnóticamente la certeza del dolor que prosigue a mi próximo naufragio. Me estalla la vida adulta a quemarropa, bajo unas nubes primíparas que se empeñan en repudiar la primavera.



miércoles, 8 de abril de 2015

Reestreno


Pudiera ser
que aquí llegara yo
--en todo mi teatro--
con el libro indeciso de los gestos
que la noche nos busca
y la tranquilidad
de ser desconocidos
entre focos que alumbran
esta ciencia ficción de nuestra vida.

Pudiera ser
que aquí llegara hoy
sin creerme la historia que aprendimos
y trajera delirios
o canciones antiguas,
caballos de cartón
para seguirte, periódicos y anuncios
donde buscar tu nombre.
Pudiera ser también que nos extrañe
la ilusión que supuso saber desconocernos,
hasta llegar aquí,
fingidos en la voz, desdibujados,
como suenan los pasos de la soledad
en los cines vacíos de reestreno.

Sólo busco esta noche
lo que tus ojos buscan
cuando el placer nos cerca,
sólo entiendo el asedio de tus brazos
que no tienen pasado,
aunque tus cuerpos son
el escenario
donde mis manos miran la soledad perdida,

y hoy
todo sigue encendido como entonces,
por que sólo nos queda
                                  salir a saludar.

Crucemos los papeles que nos llevan
a la orilla del gozo y la ginebra,
sembremos con carteles nuestra piel
anunciando el horario
y las funciones,
el precio de la vida y sus manías,
los límites precisos de la escena.

Este mundo no es sueño como dicen
figuras de papel,
caballos de cartón desdibujados.

            
                                                                          Luis García Montero

martes, 27 de enero de 2015

Köln, jazmines podridos.


    "El tiempo como destellos brillantes, como un perpetuo pestañeo. Vivir bajo el eterno efecto de abrir los párpados y que todo haya cambiado.
     De repente he abierto los ojos y estaba aquí, en mayo, extenuada por los efectos del trepidante ritmo latino que templa la habitación de al lado. No hacía mucho que mis ojos se habían cerrado por última vez en una fría madrugada de principios de diciembre, cuando caí en la cama agotada por el alcohol y el peso de mi locura transitoria. Dormí dos horas, me levanté aún ebria. Me tomé un café sentada sobre la maleta, sintiendo el agua sucia y caliente elevando la temperatura de mi estómago arrugado. Era, probablemente, la mañana más fría que he tenido el gusto de disfrutar en París.
     No recuerdo cuántas veces escuché la sintonía hipnótica de la SNCF durante aquellas dos horas, mientras lidiaba contra el sueño en la gélida gare de Saint Lazare. Porque aquel fin de semana fue eso, un sueño, un delirio. Sigo creyendo que ese tren me llevó a un universo paralelo donde el invierno se transformó un rato en una primavera tibia y oscura. El tiempo fue una bruma sin sentido desde que sentí el olor húmedo de tu sudadera hasta que se fundió en el cristal del tren el vapor en el que me regalaste un par de palabras.
     Y llegué a aquella casa, a aquella cama infinita donde no logramos encontrarnos. Y por fin, la paz. Me envolví en la funda nórdica como el regalo de unas navidades pasadas. Sólo desperté para volver a caer en el dulce sueño de tus palabras. Nos contamos un cuento y nos volvimos a dormir.
    Dormida pero despierta, bajo la suave diagonal del tejado, me deslicé por ese sábado como por todos los que estaban por venir. Sobreviví sin beber agua, drogada por la conversación amable y el intercambio sin prisas de momentos de nuestro pasado infeliz, frase a frase, verso a verso, capítulo a capítulo de otros veintipocos como los míos. Me ataste a ti desde dentro, de una manera hábil y sigilosa, en un silencio sólo alterado por el crujir del edredón. Me anudaste el corazón dejando un hilo hacia afuera, sacándome por la boca un colgajo sentimental aún indefinido. Quiero pensar que está atado a ti con firmeza, que sigue conectándonos aún hoy, aún a nuestra manera.
     Y luego volví a París, y de pronto fue invierno, y de repente las mariposas ni habían sido siquiera gusanos de seda. Y las palabras quedaron enterradas bajo la nieve, y los cuentos se quemaron al amor de la chimenea.

     Sólo quedó un manojo dobles sentidos brotando de entre la mala hierba de los recuerdos. De entre esos hierbajos que crecen en la primavera de verdad, de los que brotan sin querer unas flores violetas que siempre resultan ser las más hermosas del prado."

París, mayo de 2010.
Documentos sorpresa en una tarde gris de olor a flor violeta. 

lunes, 26 de enero de 2015

Otras veces


Quisiera estar en otra parte,

mejor en otra piel,

y averiguar si desde allí la vida,

por las ventanas de otros ojos,

se ve así de grotesca algunas tardes.


Me gustaría mucho conocer

el efecto abrasivo del tiempo en otras vísceras,

comprobar si el pasado

impregna los tejidos del mismo zumo acre,

si todos los recuerdos en todas las memorias

desprenden este olor
 a fruta madura mustia y a jazmín podrido.


Desearía mirarme

con las pupilas duras de aquel que más me odia,

para que así el desprecio

destruya los despojos


de todo lo que nunca enterrará el olvido.

Ángel González
(...que en las tardes que me huyen parece sangrarme).

domingo, 25 de enero de 2015

A mi edad.


Abraham Arturo
(aka. Artes).
De uso y disfrute todos los domingos en la RootsJam del Marula café (la Latina).



domingo, 16 de marzo de 2014

In sha'a Allah



Sólo sabía que se llamaba Hassan y que tenía los ojos muy oscuros. Los mismos ojos, la misma piel tostada, los mismos rizos diminutos que aquel tipo argelino que me besó enfrente del café Liberté, una tarde con el mismo sol de esta falsa primavera. Por eso cuando esos ojos se me clavaron encima vivieron en mis horas siguientes como si hubieran vuelto a bendecirme. No paré hasta terminar de volverme loca y tenerlos encima de una cerveza, con el alma chorreando de culpa. 
Supe que Hassan es de Marruecos y terminé por darme cuenta entonces de que la vida me está chivando algo al oído que estoy ignorando quizás a propósito. Hassan tiene los ojos muy oscuros pero yo el corazón en tránsito y la vida entre paréntesis, pendiente de vacaciones y de revisión profunda. No puedo aún adivinar si es el sur el que me roba el alma o soy yo la que necesito dejarme robar, ahogarme en la arena donde siempre termino por hundirme al olor de la canela, al sonido de la lengua jeroglífica que acuchilla mi serenidad.
Sólo sé que se llama Hassan y que tiene los ojos de los buenos amantes: los que alimentan el limbo de mis miedos más secretos con la ilusión de las historias imposibles.